Cuando la opinión reemplazó al pensamiento
Sep 30, 2022
Septiembre de 2022 no se siente como un mes más. Se siente como un punto de quiebre silencioso. No porque haya ocurrido un solo evento extraordinario, sino porque se ha normalizado algo más profundo y peligroso: la sustitución del pensamiento por la reacción, del análisis por la consigna, y del criterio por la pertenencia a un bando.
Vivimos una época en la que opinar se ha vuelto más importante que comprender. Las redes sociales han convertido la inmediatez en virtud y la duda en sospecha. Pensar con matices ya no es visto como una señal de inteligencia, sino como falta de lealtad. Quien no repite el eslogan correcto es rápidamente etiquetado, descartado o silenciado.
La crítica social honesta exige decirlo con claridad: no toda opinión vale lo mismo, y no toda certeza es señal de verdad. La historia muestra que las sociedades no colapsan solo por crisis económicas o conflictos externos, sino cuando renuncian al pensamiento crítico y delegan su conciencia en narrativas prefabricadas.
En 2022 se ha romantizado la indignación. Estar enojado parece ser sinónimo de estar despierto. Pero la ira constante no es lucidez; es agotamiento emocional. Una sociedad permanentemente alterada es una sociedad fácilmente manipulable. Cuando todo se reduce a buenos y malos, víctimas y villanos, se pierde la complejidad que hace posible la justicia.
Otro síntoma preocupante es la confusión entre identidad y pensamiento. Muchas personas ya no defienden ideas; defienden etiquetas. No preguntan si algo es verdadero, sino si pertenece a “su lado”. En ese clima, el diálogo se vuelve imposible, porque escuchar al otro se interpreta como traición y cambiar de opinión como debilidad.
La crítica no va dirigida solo a “los otros”. Todos participamos, en mayor o menor medida, de este clima. Compartimos sin verificar, reaccionamos sin leer, condenamos sin comprender. La comodidad intelectual se ha vuelto adictiva: pensar cansa, repetir libera de responsabilidad.
Septiembre de 2022 nos enfrenta a una decisión silenciosa pero crucial: seguir viviendo en piloto automático emocional o recuperar el hábito del pensamiento consciente. Pensar implica incomodarse, aceptar la incertidumbre, tolerar la complejidad y reconocer que la realidad no cabe en 280 caracteres ni en consignas morales simplificadas.
Una sociedad madura no es la que grita más fuerte, sino la que sabe detenerse, observar y discernir. La verdadera rebeldía hoy no es gritar lo que todos gritan, sino atreverse a pensar cuando pensar ya no es popular.
No todo cuestionamiento es negación. No toda crítica es odio. Y no toda duda es ignorancia. Recuperar estas distinciones no es un lujo intelectual; es una necesidad ética.
Quizá el verdadero acto de resistencia en este tiempo sea simple, pero exigente: volver a pensar antes de reaccionar.
Yudy Lantigua
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