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Criticar una religión no es odiar a sus creyentes

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Por qué criticar una religión no es odiar a sus creyentes

Una de las confusiones más persistentes del debate público contemporáneo es la idea de que criticar una religión equivale a odiar a quienes la practican. Esta equiparación no solo es intelectualmente incorrecta; también es peligrosa, porque anula la posibilidad de análisis, de reforma y de defensa real de la dignidad humana.

Las personas y las ideas no son lo mismo. Ninguna sociedad democrática funciona bajo el principio de que las ideas deben ser protegidas de la crítica. Al contrario: la crítica es precisamente el mecanismo mediante el cual las ideas se depuran, se corrigen o se abandonan cuando causan daño. Tratar a una religión como intocable no es respeto; es inmunidad ideológica.

Criticar una religión implica examinar sus textos, sus interpretaciones dominantes, sus estructuras de poder, y, sobre todo, sus consecuencias sociales y legales. No implica negar la dignidad, los derechos o la humanidad de sus creyentes. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: la crítica surge precisamente porque hay creyentes —especialmente mujeres, disidentes, reformistas o exmiembros— que sufren bajo interpretaciones rígidas o autoritarias de esa misma religión.

El error nace cuando se confunde identidad personal con adhesión doctrinal. Una persona no es reducible a su religión, del mismo modo que no es reducible a su ideología política o a su cultura de origen. Proteger a las personas no exige blindar las ideas que profesan. Exige, más bien, garantizar que ninguna idea tenga el poder de anular derechos, silenciar conciencias o justificar violencia.

En la historia, todas las grandes tradiciones religiosas han sido criticadas, reformadas y reinterpretadas. El cristianismo pasó por siglos de debate interno, cismas y reformas profundas. El judaísmo rabínico nace, en sí mismo, como una tradición de discusión, desacuerdo y reinterpretación constante. Pretender que una religión no pueda ser analizada críticamente no es tolerancia; es una forma de estancamiento intelectual.

Además, la crítica selectiva también es una forma de discriminación. Cuando una religión queda fuera del escrutinio crítico “para no ofender”, lo que se está diciendo implícitamente es que sus seguidores no son capaces de tolerar el mismo nivel de análisis que se aplica a otros sistemas de ideas. Eso no es respeto; es paternalismo.

Hay otra distinción clave que suele ignorarse: criticar una religión no es promover persecución. Defender la libertad de pensamiento y expresión no implica justificar el acoso, la violencia o la exclusión de creyentes. De hecho, es exactamente lo contrario. Una sociedad que protege la crítica racional protege también a las minorías, porque impide que cualquier cosmovisión se convierta en incuestionable.

El verdadero odio no está en la crítica argumentada, sino en la deshumanización. Odiar es reducir al otro a una caricatura, negarle su complejidad, su voz y su dignidad. Analizar una religión como sistema de ideas, con sus textos y efectos históricos, no deshumaniza; ilumina.

Confundir crítica con odio tiene un efecto paralizante. Genera autocensura, empobrece el debate público y deja intactas estructuras de poder que deberían ser examinadas con más atención, no con menos. Cuando el miedo a “ofender” reemplaza a la búsqueda de verdad, no se protege la convivencia; se sacrifica la honestidad intelectual.

Criticar una religión no es odiar a sus creyentes.
Es reconocer que ninguna idea está por encima del cuestionamiento ético.
Y que la dignidad humana se defiende mejor cuando el pensamiento permanece libre.

Yudy Lantigua


 

Referencias

Berlin, I. (1969). Four Essays on Liberty. Oxford: Oxford University Press.

Habermas, J. (1984). The Theory of Communicative Action, Volume 1: Reason and the Rationalization of Society. Boston: Beacon Press.

Mill, J. S. (1859). On Liberty. London: John W. Parker and Son.

Nussbaum, M. C. (2012). The New Religious Intolerance: Overcoming the Politics of Fear in an Anxious Age. Cambridge, MA: Harvard University Press.

Popper, K. (1945). The Open Society and Its Enemies (Vols. 1–2). London: Routledge.

Rawls, J. (1993). Political Liberalism. New York: Columbia University Press.

Said, E. W. (1978). Orientalism. New York: Pantheon Books.

Taylor, C. (1994). Multiculturalism: Examining the Politics of Recognition. Princeton, NJ: Princeton University Press.

United Nations. (1948). Universal Declaration of Human Rights. United Nations General Assembly.

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Wolterstorff, N. (2008). Justice: Rights and Wrongs. Princeton, NJ: Princeton University Press.

Yudy Lantigua

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