Por qué muchas críticas ateas a Dios no son lógicas, sino ontológicas y epistemológicas.
Apr 30, 2023Dios, lógica y ontología: por qué llamar “ilógico” a Dios suele ser un error filosófico
En el debate moderno sobre Dios, especialmente dentro de ciertos discursos ateos contemporáneos, se repite con frecuencia la afirmación de que “Dios es ilógico”. A primera vista, la frase parece una conclusión racional, casi técnica. Sin embargo, cuando se examina con herramientas propias de la filosofía —en particular la lógica formal, la ontología y la teoría de la verdad—, se hace evidente que esta acusación suele descansar sobre una confusión conceptual profunda más que sobre una demostración rigurosa.
La lógica formal, desde Aristóteles hasta la tradición analítica moderna, no se ocupa de determinar qué existe, sino de evaluar cómo razonamos sobre aquello que afirmamos. En los Analíticos Primeros, Aristóteles establece que un argumento es válido cuando la conclusión se sigue necesariamente de las premisas, con independencia de su contenido empírico. Esta distinción sigue siendo central en la lógica contemporánea, desde Frege hasta Russell: la lógica evalúa coherencia interna, no realidad material.
Por ello, afirmar que Dios es ilógico implicaría demostrar que el concepto de Dios viola alguna de las leyes fundamentales de la lógica clásica, especialmente el principio de no contradicción formulado en la Metafísica: algo no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido. Sin embargo, en la mayoría de los casos no se presenta tal contradicción. Lo que aparece es una dificultad de comprensión, una resistencia intuitiva o una incompatibilidad con ciertos supuestos previos. Como señaló Alvin Plantinga, uno de los principales representantes de la filosofía analítica de la religión, no existe un argumento ampliamente aceptado que demuestre que la idea de Dios sea lógicamente inconsistente. La incomprensibilidad no equivale a incoherencia.
Aquí resulta crucial aclarar qué se entiende por “Dios” en la tradición filosófica clásica, porque muchos ataques ateos no se dirigen al Dios de la filosofía, sino a una caricatura antropomórfica. En la metafísica clásica —desde Aristóteles, pasando por Plotino, hasta Tomás de Aquino—, Dios no es concebido como un agente sobrenatural que actúa caprichosamente dentro del universo, sino como actus purus: ser necesario, no compuesto, no contingente y fundamento último de la realidad. Atacar una versión emocional, mitológica o psicológica de Dios no equivale a refutar este concepto filosófico. En muchos casos, simplemente se está discutiendo otro objeto conceptual.
La discusión suele desplazarse entonces al plano ontológico. Muchos argumentos ateos contemporáneos parten de una ontología materialista que asume, sin explicitarlo, que solo existe aquello que puede ser medido, observado o cuantificado. Autores como Richard Dawkins o Sam Harris operan dentro de este marco y concluyen que Dios no existe porque no cumple esos criterios. Sin embargo, esta no es una conclusión científica, sino una decisión metafísica previa.
David Hume ya había advertido que la experiencia empírica no puede, por sí sola, justificar principios universales sin supuestos adicionales. Kant fue aún más lejos al mostrar que incluso la ciencia depende de categorías no empíricas como causalidad, espacio y tiempo. Reducir toda existencia a lo físicamente observable no es una exigencia de la razón, sino una opción ontológica particular, frecuentemente presentada como neutral cuando no lo es.
Aquí se manifiesta lo que Gilbert Ryle denominó un error de categoría: aplicar criterios propios de los objetos físicos a realidades que pertenecen a otro nivel del ser. En este marco, exigirle a Dios el mismo tipo de demostración que a una partícula subatómica no refuta su existencia; revela una confusión sobre el tipo de realidad que se está discutiendo.
Este punto se refuerza al considerar el principio de razón suficiente, formulado por Leibniz: nada existe sin una razón por la cual es y no de otro modo. Este principio ha sido históricamente central en la metafísica racional y sigue operando, de forma implícita, incluso en la ciencia. El rechazo moderno de este principio no suele ser lógico, sino ideológico, ya que aceptar plenamente sus implicaciones conduce inevitablemente a preguntas sobre el fundamento último de la realidad. Abandonarlo selectivamente no resuelve el problema; simplemente lo evita.
La noción de verdad también queda comprometida cuando se confunden niveles. En filosofía, no toda verdad es empírica. Existen verdades lógicas, matemáticas y metafísicas que no dependen de observación directa. El intento de reducir toda verdad a verificación empírica es heredero del positivismo lógico del siglo XX, una corriente que fue ampliamente criticada y finalmente abandonada por sus propias inconsistencias.
La afirmación “solo es verdadero lo que puede verificarse empíricamente” no puede verificarse empíricamente, lo que la vuelve autorrefutante. Karl Popper mostró que la ciencia avanza por falsabilidad, no por verificación absoluta. Ludwig Wittgenstein, en su etapa tardía, subrayó que el significado de una proposición depende del uso y del marco lingüístico, no de un único método de validación. Pretender que la ciencia empírica agote toda forma de verdad no es una conclusión lógica, sino una restricción filosófica no justificada.
Conviene además distinguir con claridad entre un Dios inexplicable y un Dios contradictorio. Que algo no sea plenamente explicable no implica que sea ilógico. La física contemporánea opera constantemente con entidades matemáticamente coherentes pero profundamente contraintuitivas, desde la mecánica cuántica hasta la naturaleza del espacio-tiempo. Rechazar a Dios por no ser completamente explicable implicaría, por coherencia, rechazar buena parte de la cosmología moderna.
Incluso dentro del ateísmo filosóficamente riguroso, estas limitaciones han sido reconocidas. Thomas Nagel, ateo confeso, admite en Mind and Cosmos que el materialismo no explica adecuadamente la conciencia ni la racionalidad. J.L. Mackie reconoce que su famoso argumento del mal no establece una contradicción lógica en la idea de Dios, sino una tensión probabilística. Graham Oppy, uno de los críticos más sólidos del teísmo, acepta que las conclusiones dependen de marcos ontológicos debatibles, no de imposibilidades lógicas.
Esto es revelador: los ateos académicamente más cuidadosos rara vez afirman que Dios sea ilógico. Lo que hacen es rechazar ciertas premisas metafísicas. La versión popular del argumento, en cambio, confunde intuición personal con demostración formal y presenta preferencias filosóficas como conclusiones necesarias.
Las implicaciones intelectuales de esta confusión son profundas. Se confunde misterio con incoherencia, se absolutiza un marco ontológico particular como si fuera neutral y se transforma una postura metafísica en una supuesta conclusión lógica obligatoria. El resultado no es un avance del pensamiento crítico, sino su empobrecimiento.
Paradójicamente, afirmar que Dios es ilógico suele requerir asumir como absolutos principios que no pueden justificarse ni lógica ni empíricamente. En ese sentido, no es la idea de Dios la que desafía a la razón, sino ciertas versiones modernas del ateísmo que presuponen una ontología sin fundamento último.
La lógica formal, correctamente entendida, no prueba a Dios ni lo descarta. Lo que sí exige es claridad conceptual, honestidad intelectual y precisión en las premisas. Tal vez el problema no sea que Dios sea ilógico, sino que no pueda ser descartado sin asumir previamente límites que no provienen de la lógica, sino de una ontología adoptada sin examen crítico.
Yudy Lantigua
Referencias
Aristóteles. (1998). Metafísica (V. García Yebra, Trad.). Gredos. (Obra original escrita en el siglo IV a. C.).
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Ayer, A. J. (1952). Language, Truth and Logic. Dover Publications. (Obra original publicada en 1936).
Carnap, R. (1932). The elimination of metaphysics through logical analysis of language. Erkenntnis, 2(1), 60–81.
Hume, D. (2007). Investigación sobre el entendimiento humano (J. Salas Ortueta, Trad.). Alianza. (Obra original publicada en 1748).
Kant, I. (2002). Crítica de la razón pura (P. Ribas, Trad.). Alfaguara. (Obra original publicada en 1781).
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Mackie, J. L. (1982). The Miracle of Theism: Arguments for and against the existence of God. Oxford University Press.
Nagel, T. (2012). Mind and Cosmos: Why the Materialist Neo-Darwinian Conception of Nature Is Almost Certainly False. Oxford University Press.
Oppy, G. (2006). Arguing about Gods. Cambridge University Press.
Plantinga, A. (1974). God, Freedom, and Evil. Eerdmans.
Popper, K. (2002). The Logic of Scientific Discovery. Routledge. (Obra original publicada en 1959).
Ryle, G. (1949). The Concept of Mind. Hutchinson.
Wittgenstein, L. (2009). Investigaciones filosóficas (G. E. M. Anscombe & R. Rhees, Eds.; J. J. Acero, Trad.). Crítica. (Obra original publicada en 1953).
Nota:
Este artículo se apoya en obras canónicas de la filosofía clásica y contemporánea con el objetivo de fomentar un análisis riguroso del debate entre teísmo y ateísmo, evitando reducciones simplistas y errores de categoría frecuentes en la discusión pública.
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