¿Está comenzando una nueva carrera nuclear? Estados Unidos, Rusia y China frente al nuevo equilibrio atómico
Apr 05, 2026
¿Está comenzando una nueva carrera nuclear? Estados Unidos, Rusia y China frente al nuevo equilibrio atómico
El 5 de febrero de 2026 ocurrió algo que habría ocupado titulares durante semanas en otros momentos de la Guerra Fría. New START, el último tratado que imponía límites jurídicamente vinculantes a las fuerzas nucleares estratégicas desplegadas de Estados Unidos y Rusia, llegó a su fecha de expiración sin que existiera un acuerdo que lo reemplazara.
No hubo una explosión, una crisis militar inmediata ni imágenes especialmente dramáticas. Sin embargo, desde el punto de vista de la seguridad internacional, la fecha marca una ruptura importante. Por primera vez en décadas, Washington y Moscú quedaron sin un tratado bilateral vigente que estableciera límites obligatorios sobre sus arsenales nucleares estratégicos.
Para entender por qué esto importa tenemos que salir del presente por un momento.
La historia de las armas nucleares ha estado marcada por una contradicción difícil de resolver. Las mismas armas que pueden destruir ciudades enteras han sido utilizadas durante décadas como instrumentos de disuasión. Su función estratégica consiste precisamente en convencer al adversario de que iniciar una guerra tendría un costo imposible de asumir.
Ese equilibrio nunca fue sencillo. Durante buena parte del siglo XX estuvo organizado alrededor de dos grandes potencias. En 2026 esa estructura resulta cada vez más difícil de reconocer. Rusia y Estados Unidos continúan dominando el inventario nuclear mundial, pero China está ampliando rápidamente sus capacidades y exige introducir un tercer elemento en una ecuación diseñada originalmente para dos.
La pregunta, entonces, merece hacerse con cuidado: ¿estamos entrando en una nueva carrera nuclear?
De Hiroshima a la lógica de la disuasión
Cuando Estados Unidos utilizó armas atómicas contra Hiroshima el 6 de agosto de 1945 y Nagasaki tres días después, ninguna otra nación disponía de una capacidad comparable. Durante algunos años Washington tuvo el monopolio nuclear.
La situación cambió en agosto de 1949, cuando la Unión Soviética realizó su primera prueba nuclear. A partir de ese momento comenzó a formarse la estructura estratégica que dominaría gran parte de la segunda mitad del siglo XX.
La competencia avanzó rápidamente. Llegaron las armas termonucleares, los misiles balísticos intercontinentales, los bombarderos estratégicos y posteriormente los submarinos capaces de permanecer ocultos durante largos periodos llevando misiles nucleares.
El verdadero salto estratégico ocurrió cuando ambos países adquirieron la capacidad de sobrevivir a un primer ataque y responder con una fuerza devastadora.
De ahí nace una de las ideas más inquietantes de la Guerra Fría: la destrucción mutua asegurada, conocida por sus siglas en inglés como MAD, Mutual Assured Destruction.
La estabilidad dependía de algo profundamente paradójico. Una potencia podía sentirse menos inclinada a lanzar un ataque nuclear si sabía que destruir los centros militares del adversario no sería suficiente para evitar una represalia.
Por esa razón adquirió tanta importancia la llamada tríada nuclear: misiles terrestres, submarinos con misiles balísticos y bombarderos estratégicos. La dispersión de las armas hacía mucho más difícil eliminarlas todas en un primer ataque.
La disuasión nuclear comenzó entonces a depender tanto de la cantidad de armas como de su capacidad para sobrevivir.
La Crisis de los Misiles de Cuba, en octubre de 1962, demostró hasta qué punto aquel sistema podía fallar. Estados Unidos descubrió instalaciones soviéticas para misiles nucleares en Cuba y durante trece días Washington y Moscú estuvieron peligrosamente cerca de una confrontación directa.
La documentación histórica del Departamento de Estado estadounidense describe la crisis como el momento en que las dos superpotencias estuvieron más cerca de un conflicto nuclear durante la Guerra Fría. La experiencia también dejó una lección práctica: mantener enormes arsenales no bastaba. Era necesario crear mecanismos que redujeran el riesgo de errores de cálculo, problemas de comunicación y escaladas imposibles de detener.
Después de la crisis se estableció una línea directa de comunicación entre Washington y Moscú y comenzaron a tomar mayor fuerza los acuerdos destinados a controlar determinados aspectos de la competencia nuclear.
No significaba que las potencias hubieran abandonado sus arsenales. Significaba que habían comenzado a aceptar una realidad incómoda: incluso los adversarios necesitan reglas cuando poseen la capacidad de destruirse mutuamente.
Cuando limitar las armas se convirtió en parte de la estrategia
Durante las décadas siguientes apareció una arquitectura internacional que intentaba poner fronteras a la competencia.
El Tratado de No Proliferación Nuclear fue abierto a la firma en 1968 y entró en vigor en 1970. Su propósito era impedir que el número de Estados con armas nucleares continuara creciendo, facilitar los usos pacíficos de la energía nuclear y establecer compromisos vinculados con el desarme. Con el tiempo se convertiría en la pieza central del régimen internacional de no proliferación.
Entre Washington y Moscú surgieron además negociaciones específicamente dirigidas a sus arsenales estratégicos.
Los acuerdos SALT intentaron limitar determinadas categorías de armamento. El Tratado ABM restringió sistemas de defensa contra misiles balísticos bajo una lógica que hoy puede parecer extraña: si ninguna de las partes podía protegerse completamente de una represalia, ambas tendrían mayores incentivos para evitar un primer ataque.
Después llegó START.
El Strategic Arms Reduction Treaty firmado por George H. W. Bush y Mijaíl Gorbachov el 31 de julio de 1991 representó una etapa diferente. Ya no se trataba únicamente de establecer límites. El objetivo incluía reducciones sustanciales y un sistema de verificación detallado. El tratado entró en vigor en diciembre de 1994.
El final de la Unión Soviética reforzó durante algunos años la impresión de que la carrera nuclear podía estar retrocediendo.
Los arsenales acumulados durante la Guerra Fría comenzaron a disminuir considerablemente. Miles de ojivas fueron retiradas y posteriormente desmanteladas.
Pero reducir las cantidades heredadas del enfrentamiento soviético-estadounidense nunca significó que las armas nucleares hubieran dejado de ocupar un lugar central en las estrategias de seguridad de las grandes potencias.
New START y el final de una época
El último gran instrumento de aquella arquitectura fue New START, firmado en Praga por Barack Obama y Dmitri Medvédev en abril de 2010.
Entró en vigor el 5 de febrero de 2011 y estableció límites concretos sobre las fuerzas estratégicas desplegadas de Estados Unidos y Rusia. Cada país podía mantener hasta 700 misiles balísticos intercontinentales, misiles balísticos lanzados desde submarinos y bombarderos pesados desplegados, además de un máximo de 1,550 ojivas estratégicas contabilizadas según las reglas del tratado.
Conviene detenerse en esta diferencia porque los números sobre armas nucleares suelen utilizarse de forma confusa.
Cuando se dice que un país posee miles de armas nucleares no significa que todas estén instaladas en misiles listas para ser lanzadas. Existen ojivas desplegadas, armas almacenadas, reservas y ojivas retiradas que esperan ser desmanteladas. New START tampoco regulaba cada arma nuclear existente. Su ámbito principal eran determinadas fuerzas estratégicas desplegadas y sus vehículos de lanzamiento.
El tratado fue prorrogado en 2021 por cinco años, hasta febrero de 2026.
Para entonces, sin embargo, las relaciones entre Washington y Moscú habían cambiado profundamente.
El deterioro había comenzado mucho antes de la invasión rusa de Ucrania. El sistema de control de armamentos venía acumulando fracturas. Estados Unidos se retiró del Tratado ABM en 2002. El Tratado INF, que había eliminado una categoría completa de misiles terrestres de alcance intermedio, terminó en 2019 después de años de acusaciones de incumplimiento.
La guerra en Ucrania aceleró ese deterioro.
En febrero de 2023, Vladímir Putin anunció la suspensión de la participación rusa en New START. El tratado jurídicamente seguía existiendo, pero los mecanismos de cooperación y verificación quedaron profundamente afectados.
Cuando finalmente llegó febrero de 2026, no existía un sucesor preparado.
Rusia había planteado continuar respetando temporalmente los límites centrales del acuerdo si Estados Unidos hacía lo mismo. La administración estadounidense decidió no convertir esa propuesta en un nuevo compromiso bilateral y defendió la búsqueda de un marco más amplio que pudiera incorporar también a China.
Ese detalle cambia completamente la discusión.
El problema nuclear de 2026 ya no cabe cómodamente dentro del molde de la Guerra Fría.
China entra en una ecuación diseñada para dos
Los números ayudan a entender la magnitud del cambio, pero también sus límites.
Las estimaciones de SIPRI disponibles antes de abril de 2026 situaban el inventario nuclear total de Rusia en aproximadamente 5,459 armas a comienzos de 2025 y el estadounidense en unas 5,177. China aparecía muy lejos de esas cantidades, con alrededor de 600.
Estados Unidos y Rusia todavía concentraban conjuntamente cerca del 90 % de todas las armas nucleares existentes.
Presentar a China como una potencia que ya había alcanzado paridad nuclear con ellos sería incorrecto.
Lo relevante está en la dirección del movimiento.
La Federation of American Scientists estimaba en 2025 unas 600 ojivas chinas y señalaba que la mayoría permanecían almacenadas. También documentaba la construcción de nuevos campos de silos para misiles balísticos intercontinentales y la expansión de las fuerzas móviles y submarinas del país.
SIPRI calculaba que el arsenal chino había aumentado aproximadamente de 500 a 600 ojivas durante 2024 y describía su expansión como la más rápida entre los Estados poseedores de armas nucleares. Para principios de 2025 había identificado alrededor de 350 silos nuevos o en construcción para misiles balísticos intercontinentales en varias regiones de China.
El Departamento de Defensa de Estados Unidos, por su parte, estimaba que China había superado las 600 ojivas nucleares operacionales hacia mediados de 2024 y proyectaba más de 1,000 para 2030. Esa última cifra es una estimación estadounidense, no un hecho consumado, y debe tratarse como tal.
Pekín tampoco ha adoptado históricamente una estructura idéntica a la estadounidense o rusa. Su doctrina nuclear se desarrolló durante décadas alrededor de un arsenal comparativamente reducido y una política declarada de no ser el primero en utilizar armas nucleares.
La expansión actual abre interrogantes sobre cómo evolucionará esa postura, cuánto crecerá realmente el arsenal y qué nivel de alerta operativa pretende mantener China en el futuro.
Y ahí aparece el problema diplomático.
Washington considera cada vez más difícil negociar límites nucleares con Moscú sin tener en cuenta el crecimiento chino. Pekín, al mismo tiempo, puede argumentar que sus fuerzas siguen siendo considerablemente menores que las estadounidenses y rusas.
Diseñar un tratado tripartito bajo esas condiciones sería mucho más complicado que establecer dos límites iguales entre potencias con arsenales comparables.
Estados Unidos y Rusia tampoco están quietos
La atención sobre China puede producir otra distorsión: la idea de que Washington y Moscú simplemente conservan arsenales antiguos mientras Pekín construye uno nuevo.
Los tres países están modernizando sus fuerzas.
Estados Unidos mantiene desde hace años un programa destinado a renovar prácticamente todas las piezas principales de su tríada nuclear. Los submarinos Ohio serán sustituidos progresivamente por la clase Columbia; el programa Sentinel está diseñado para reemplazar los Minuteman III terrestres; el B-21 Raider forma parte de la renovación de la fuerza de bombarderos.
El presupuesto de defensa estadounidense para 2025 solicitaba decenas de miles de millones de dólares destinados a mantener y modernizar estos sistemas.
La Federation of American Scientists estimaba que Estados Unidos tenía unas 3,700 ojivas dentro de su stock militar a comienzos de 2025, de las cuales alrededor de 1,770 estaban desplegadas. Otras 1,477 habían sido retiradas y esperaban su desmantelamiento, llevando el inventario total estimado a 5,177.
Rusia sigue un proceso parecido de reemplazo y modernización de sistemas heredados de la era soviética. Las estimaciones de FAS para 2025 situaban su inventario total cerca de 5,460 ojivas, con aproximadamente 1,718 desplegadas. Rusia conserva además una amplia variedad de armas nucleares no estratégicas, un componente particularmente relevante en la seguridad europea.
Esto ayuda a comprender por qué contar ojivas resulta insuficiente.
Una competencia nuclear moderna involucra precisión, supervivencia, sistemas de alerta temprana, submarinos difíciles de localizar, defensa antimisiles, capacidad de mando y control, armas hipersónicas, infraestructura espacial y redes digitales capaces de transmitir órdenes en condiciones extremas.
Un arsenal puede transformarse profundamente sin que el número total de ojivas cambie de manera espectacular.
Un problema más complejo que la Guerra Fría
Durante décadas, la teoría de la disuasión pudo concentrarse principalmente en la relación entre Washington y Moscú.
Cada potencia observaba los sistemas del adversario, calculaba su capacidad de supervivencia, evaluaba posibles escenarios de ataque y negociaba límites con una contraparte que mantenía una estructura nuclear relativamente comparable.
La incorporación de China como gran actor estratégico vuelve esa matemática mucho menos limpia.
Estados Unidos debe pensar simultáneamente en Rusia y China. Rusia tiene que considerar las fuerzas estadounidenses, la OTAN y el crecimiento chino en su frontera oriental. China observa a Estados Unidos, pero también vive en una región donde Rusia, India, Corea del Norte y otros actores poseen capacidades nucleares.
Las relaciones entre esos países tampoco son equivalentes.
Rusia y China han profundizado su cooperación estratégica, pero mantienen arsenales independientes, doctrinas propias y cadenas de mando separadas. Sumarlos automáticamente como si constituyeran una única fuerza nuclear conduciría a conclusiones engañosas.
Esta diferencia es importante porque la estabilidad entre tres grandes actores funciona de manera distinta a la estabilidad entre dos.
Un acuerdo favorable para una relación bilateral puede alterar la percepción de seguridad frente al tercero. Una defensa antimisiles diseñada para responder a una amenaza limitada puede ser interpretada de otra forma por una potencia diferente. Un aumento de fuerzas realizado contra un adversario puede provocar cambios en los cálculos militares de otro.
La competencia comienza entonces a producir reacciones en cadena.
Por eso la expiración de New START tiene un significado que va más allá de un tratado terminado.
Representa el desgaste de una arquitectura construida para administrar un mundo nuclear que está desapareciendo.
¿Una nueva carrera nuclear?
A marzo de 2026, afirmar que estamos repitiendo exactamente la carrera armamentista de Estados Unidos y la Unión Soviética sería precipitado.
Las cantidades son diferentes. Las relaciones económicas entre las grandes potencias son diferentes. La tecnología es distinta y China todavía posee un arsenal considerablemente menor que los de Rusia y Estados Unidos.
Sin embargo, existen suficientes señales para hablar de una nueva etapa de competencia nuclear.
Los nueve Estados poseedores de armas nucleares estaban modernizando sus fuerzas según SIPRI. China estaba ampliando rápidamente su arsenal. Estados Unidos avanzaba en la renovación de toda su tríada. Rusia continuaba modernizando sus fuerzas estratégicas y no estratégicas. El sistema de acuerdos bilaterales construido durante décadas había perdido varias de sus piezas fundamentales y New START acababa de expirar.
Hay además una diferencia que me parece especialmente importante.
La carrera nuclear de la Guerra Fría terminó desarrollando reglas porque Washington y Moscú aprendieron, muchas veces después de situaciones extremadamente peligrosas, que la ausencia absoluta de límites aumentaba el riesgo para ambos.
El desafío de 2026 consiste en construir reglas para una realidad donde existen más actores, más tecnologías y relaciones estratégicas que se cruzan entre sí.
Durante el siglo XX, Estados Unidos y la Unión Soviética terminaron aprendiendo a negociar mientras seguían siendo adversarios.
El siglo XXI tendrá que descubrir si Estados Unidos, Rusia y China pueden hacer algo semejante antes de que la competencia avance más rápido que la diplomacia.
Y esa, más que el número exacto de ojivas almacenadas en un momento determinado, puede ser la verdadera pregunta que dejó abierta el final de New START.
Yudy Lantigua
Referencias consultadas
-
Arms Control Association. New START Expires As U.S. Urges “Modernized” Treaty. Marzo de 2026.
-
Arms Control Association. New START at a Glance. Datos y cronología del tratado.
-
Federation of American Scientists. Kristensen, H. M., Korda, M., Johns, E. y Knight, M. United States Nuclear Weapons, 2025. Nuclear Notebook.
-
Federation of American Scientists. Chinese Nuclear Weapons, 2025. Nuclear Notebook.
-
Federation of American Scientists. Russian Nuclear Weapons, 2025. Nuclear Notebook.
-
Stockholm International Peace Research Institute. SIPRI Yearbook 2025: World Nuclear Forces.
-
United Nations. Treaty on the Non-Proliferation of Nuclear Weapons. Historia y antecedentes del régimen de no proliferación.
-
U.S. Department of State, Office of the Historian. The Cuban Missile Crisis, October 1962.
-
U.S. Department of Defense. Military and Security Developments Involving the People’s Republic of China 2024.
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