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🕎 El Fanatismo y la Pérdida de la Conciencia Colectiva

fanatismo judaísmo liderazgo política talmud teshuvá tikún olam verdad ética Jan 31, 2021

El 6 de enero de 2021, el mundo observó con asombro cómo cientos de personas irrumpían en el Capitolio de los Estados Unidos, convencidas de estar defendiendo la libertad. Pero lo que realmente presenciamos fue algo más profundo y peligroso: la transformación de la mentira en bandera moral, y del fanatismo en identidad.

Las imágenes recorrieron el planeta: una multitud exaltada, símbolos religiosos mezclados con consignas políticas, y una nación dividida entre “nosotros” y “ellos”. No fue solo una crisis política; fue una crisis espiritual. La verdad se fragmentó, y cada grupo fabricó la suya.

El judaísmo nos advierte sobre este tipo de distorsión. Cuando la verdad se convierte en herramienta del ego o del poder, deja de ser emet y se transforma en sheker (falsedad). El Midrash enseña que la palabra emet (אמת) está formada por letras firmes y estables, mientras que sheker (שקר) usa letras inestables, porque la mentira nunca se sostiene por mucho tiempo.

La toma del Capitolio no fue un evento aislado; fue el síntoma de un mundo que ha confundido opinión con verdad, emoción con justicia y ruido con liderazgo. Desde la ética judía, el fanatismo —ya sea religioso o político— nace cuando el ser humano reemplaza la humildad por la certeza absoluta de tener razón.

“No seguirás a la mayoría para hacer el mal.” (Éxodo 23:2)

Este versículo no es solo un mandato legal; es una advertencia moral. Incluso si todos gritan lo mismo, la voz del alma debe seguir siendo un lugar de discernimiento.

 

La manipulación del miedo y la pérdida del juicio colectivo

El miedo es una de las fuerzas más poderosas del alma humana. En equilibrio, protege; en exceso, paraliza; y cuando es manipulado, destruye. Lo que ocurrió aquel 6 de enero no fue solo un estallido político, sino el resultado de un proceso largo donde el miedo fue usado como arma.

Cuando el miedo se combina con el resentimiento, el individuo deja de pensar como persona y comienza a actuar como masa. Pierde la capacidad de discernir, y su necesidad de pertenecer supera su compromiso con la verdad. El Talmud (Sotá 49b) describe este fenómeno cuando dice: “En tiempos de confusión, la verdad será pisoteada y la sabiduría despreciada.”

Las redes sociales, en su poder para amplificar emociones, se convirtieron en los nuevos altares del fanatismo. Lo que antes se discutía en privado ahora se grita en público, y lo que antes se analizaba con razón, hoy se comparte sin reflexión. Así se construye una realidad paralela, una “verdad emocional” que alimenta el caos.

El judaísmo no condena el miedo, pero advierte contra su mal uso. El Maharal de Praga enseña que el temor debe dirigirse hacia la conciencia, no hacia los hombres. El verdadero yirat shamayim —temor reverente a Hashem— eleva; el miedo manipulado por líderes o ideologías esclaviza.

“El sabio ve el peligro y se aparta; el necio sigue adelante y sufre las consecuencias.” (Proverbios 22:3)

El 6 de enero fue el reflejo de lo que sucede cuando el juicio moral se apaga y la emoción se convierte en brújula. La multitud no buscaba justicia; buscaba pertenencia, un sentido de propósito en medio del vacío colectivo.

Y cuando el miedo se disfraza de fe o patriotismo, el resultado es devastador: la violencia se justifica, la mentira se defiende y la verdad se silencia.

 

El fanatismo como idolatría moderna

En el corazón de todo fanatismo hay una forma de idolatría. No de piedra ni de oro, sino de ideas. El ser humano deja de adorar a Hashem y empieza a adorar su propia certeza. La ideología se convierte en un ídolo moderno, una deidad fabricada por el ego y sostenida por el miedo.

El Tanaj muestra repetidamente cómo el pueblo de Israel caía en idolatría no porque olvidara a Dios, sino porque intentaba reemplazarlo. El becerro de oro no fue una negación del Eterno, sino un intento de hacerlo visible, manipulable, al servicio de sus deseos. Lo mismo ocurre con las ideologías cuando se absolutizan: el ser humano quiere sentir control, quiere ver, tocar, definir lo divino —aunque eso implique corromperlo.

La toma del Capitolio fue un espejo de esta realidad espiritual. Banderas con mensajes religiosos, oraciones mezcladas con gritos de violencia y un falso sentido de misión divina. Esa mezcla —religión al servicio del poder— es lo que el judaísmo llama avodá zará, culto extraño.

El Rambam (Maimónides) enseña en Hiljot Avodá Zará que la idolatría comienza cuando alguien confunde el medio con el fin. Cuando la fe deja de ser un camino hacia la verdad y se convierte en instrumento del ego, ya ha perdido su esencia.

“No tendrás otros dioses delante de Mí.” (Éxodo 20:3)

Este mandamiento no solo prohíbe adorar imágenes, sino toda forma de absolutismo que sustituye la relación viva con Hashem por un sistema cerrado de pensamiento. El fanatismo —ya sea político, religioso o ideológico— encierra al alma en la prisión de la certeza. Y donde hay certeza total, no hay espacio para la fe.

El Zóhar enseña que “la fe comienza donde el conocimiento se detiene”. Pero el fanático busca lo contrario: transformar la fe en conocimiento absoluto. Quiere dominar el misterio, poseer la verdad, definir a Dios. Así, sin darse cuenta, termina adorando su propia mente.

 

La responsabilidad del liderazgo y la ética del poder

El poder, en la tradición judía, nunca es un privilegio: es una carga moral. Un líder no gobierna sobre las personas, sino para ellas. Su función no es ser adorado, sino servir. Cuando el liderazgo se desvía de esa verdad, se transforma en idolatría política: el culto a la figura, no a la justicia.

El 6 de enero fue también el resultado del fracaso de muchos líderes. Algunos alimentaron la ira, otros callaron ante la mentira, y muchos justificaron la violencia con discursos ambiguos. En el judaísmo, ese silencio tiene peso moral. El Talmud enseña:

“Aquel que puede protestar contra la injusticia de su comunidad y no lo hace, es responsable de ella.” (Shabat 54b)

El poder sin responsabilidad destruye. El poder sin ética confunde. El poder sin humildad se convierte en tiranía. Por eso Moshé, el mayor de los líderes, fue llamado anav mikol adam —“el más humilde de todos los hombres” (Números 12:3)—, porque su autoridad nacía de su entrega, no de su ambición.

En contraste, el liderazgo moderno muchas veces se construye sobre la manipulación emocional. El líder no guía: provoca. No eleva: divide. Se alimenta del miedo, del enojo y de la sensación de injusticia. Pero el judaísmo enseña que un líder verdadero no enciende incendios: los apaga.

El Ramban escribe que el gobernante debe ser el primero en rendir cuentas ante la verdad, porque su palabra tiene el poder de alterar la realidad colectiva. Cada mentira dicha desde el poder se multiplica en miles de conciencias.

“Maldito el que tuerce el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda.” (Deuteronomio 27:19)

No hay nación fuerte sin líderes justos. No hay fe auténtica sin responsabilidad moral. Cuando el poder se usa para dividir, el alma de la sociedad se fragmenta. Pero cuando el liderazgo se inspira en la verdad y el servicio, la nación entera se eleva.

 

El camino hacia la sanación colectiva

La sanación de una nación —y de cualquier alma colectiva— comienza cuando se restaura la verdad. No la verdad política, ni la de un partido o una ideología, sino la Emet, la verdad divina que trasciende toda narrativa humana.

Después del caos, el silencio se vuelve necesario. No el silencio cómplice, sino el silencio que escucha, reflexiona y busca sentido. La sociedad moderna necesita aprender a detenerse para escuchar lo que ha olvidado: la voz de la conciencia.

“Hablad verdad cada uno con su prójimo; juzgad con verdad y juicio de paz en vuestras puertas.” (Zacarías 8:16)

El judaísmo enseña que la Teshuvá —el retorno— no es solo individual; también puede ser colectiva. Así como un alma se purifica al reconocer su error, una nación puede redimirse al confrontar su mentira. No hay redención sin responsabilidad.

El Midrash Rabá explica que cuando el pueblo de Israel pecó con el becerro de oro, no fue la idolatría lo que los destruyó, sino la negación del error. Solo cuando reconocieron su extravío, la Presencia Divina volvió a habitar entre ellos. Así también, el mundo actual necesita esa humildad moral: aceptar que hemos confundido pasión con propósito, y poder con verdad.

El odio no se vence con más odio. La polarización no se cura con venganza. La sanación colectiva comienza con el retorno al tikún olam, la reparación de la conciencia, el diálogo y la empatía.

El Zóhar enseña que “la luz más grande surge del punto más oscuro”. Tal vez el caos del 6 de enero no fue el final, sino el espejo que nos obliga a mirar lo que hemos dejado de ser: una humanidad capaz de pensar, sentir y creer con compasión.

Restaurar la verdad es restaurar el alma del mundo. Porque cuando la conciencia despierta, la idolatría del ego se derrumba, y el alma colectiva recuerda que su propósito no es dividir, sino iluminar.

✨️ Yudy Lantigua

Bienvenido a un espacio donde la Kabbalah se convierte en una guía práctica para transformar tu vida. Aprende cómo aplicar principios espirituales en tu día a día para alcanzar plenitud y propósito.

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