El silencio selectivo del feminismo contemporáneo: cuando la ideología reemplaza a la ética
Jul 31, 2023El silencio selectivo del feminismo contemporáneo: cuando la ideología reemplaza a la ética
Una crisis de coherencia moral
El feminismo nació como una respuesta ética y política frente a una realidad concreta: las mujeres, por el solo hecho de ser mujeres, fueron históricamente privadas de derechos, autonomía y protección legal. No fue un movimiento simbólico ni identitario; fue una lucha contra leyes, instituciones y sistemas de poder que subordinaban a la mitad de la humanidad. Su punto de partida no fue una teoría, sino una injusticia verificable.
Por eso, el feminismo clásico entendía algo fundamental: no hay emancipación sin realidad material. La mujer no era una abstracción ni una construcción discursiva; era un cuerpo expuesto, una vida limitada, una ciudadanía incompleta. Defender a la mujer implicaba confrontar al poder allí donde ese poder se ejercía con mayor crudeza.
Sin embargo, una parte del feminismo contemporáneo parece haber invertido ese orden moral. Hoy observamos un fenómeno inquietante: una militancia intensa por redefinir la categoría “mujer” como una identidad subjetiva, desligada del sexo y de la experiencia histórica femenina, coexistiendo con un silencio persistente frente a regímenes que oprimen a mujeres de manera legal, religiosa e institucional.
Esta no es una discrepancia menor ni un debate académico aislado. Es una fractura ética.
Mientras en Afganistán e Irán las mujeres pierden derechos tangibles —educación, movilidad, protección jurídica, control sobre su propio cuerpo—, el foco de ciertos discursos feministas se desplaza hacia disputas simbólicas en contextos donde las mujeres ya gozan de derechos civiles básicos. El resultado es una paradoja moral: se defienden con pasión derechos abstractos, pero se evita confrontar injusticias reales cuando hacerlo implica costo político o ideológico.
Aquí la incoherencia se vuelve estructural. Un movimiento que nació para proteger a mujeres frente al poder termina reconfigurando el concepto de mujer para no incomodar al poder. Un feminismo que antes nombraba al opresor ahora lo rodea con eufemismos. Y cuando la denuncia se vuelve selectiva, la ética se diluye.
No se trata de negar la dignidad humana de nadie ni de promover exclusiones arbitrarias. Se trata de algo más elemental: sin una base clara de lo que se defiende, no hay defensa posible. Si la categoría “mujer” deja de tener contenido material y jurídico, ¿a quién se protege cuando una mujer es castigada por mostrar su cabello, por estudiar, por hablar?
La pregunta no es ideológica. Es moral. Porque cuando un movimiento pierde la capacidad de distinguir entre opresión estructural y reivindicación simbólica, deja de ser una fuerza emancipadora y se convierte en un administrador de consensos. Y la historia demuestra que los consensos cómodos casi nunca están del lado de los más vulnerables.
Esta es la tesis que atraviesa todo el análisis: no estamos ante una evolución natural del feminismo, sino ante una crisis de coherencia ética, donde el miedo a confrontar ciertos poderes pesa más que la obligación moral de defender a las mujeres allí donde más lo necesitan. Y cuando la coherencia se pierde, la causa se vacía.
Universalidad moral vs. selectividad ideológica
Si el feminismo pretende ser algo más que una identidad política localizada en Occidente, debe sostener un principio irrenunciable: la universalidad moral. Los derechos de las mujeres no pueden depender del idioma que se hable, de la religión dominante ni del costo simbólico de la denuncia. Cuando un derecho necesita permiso cultural para ser defendido, deja de ser un derecho y se convierte en una concesión.
Aquí aparece una de las fallas éticas más profundas del feminismo contemporáneo: la selectividad ideológica. Se denuncia con contundencia al patriarcado occidental —real o percibido—, pero se relativiza, minimiza o directamente se ignora la opresión cuando esta proviene de sistemas no occidentales, especialmente cuando están revestidos de religión.
Esta selectividad no es casual. Responde a una lógica política concreta: criticar al islam político o a regímenes teocráticos implica romper alianzas simbólicas dentro del discurso progresista global. Y cuando la lealtad ideológica pesa más que la defensa de las víctimas, la ética queda subordinada a la estrategia.
Pero la moral no funciona así. Una mujer encarcelada en Irán por no cubrirse el cabello no sufre menos porque su opresor invoque a Dios. Una niña afgana privada de educación no está “culturalmente protegida”: está jurídicamente oprimida. La lapidación, el matrimonio forzado y la tutela masculina no se vuelven aceptables por estar inscritos en una tradición religiosa.
El feminismo nació precisamente para rechazar ese argumento: que la costumbre, la tradición o la religión justifiquen la subordinación femenina. Abandonar ese principio cuando resulta incómodo no es sensibilidad cultural; es doble estándar moral.
Más aún: esta selectividad revela una jerarquía implícita de víctimas. Las mujeres occidentales —o las causas simbólicas que se discuten en Occidente— reciben atención, visibilidad y recursos. Las mujeres bajo regímenes teocráticos reciben comunicados vagos, silencios diplomáticos o discursos diluidos en generalidades. No porque su sufrimiento sea menor, sino porque denunciarlo exige valentía moral.
La universalidad moral implica algo incómodo pero necesario:
si una práctica sería considerada inaceptable en París o Nueva York, también lo es en Kabul o Teherán. La dignidad humana no cambia de significado al cruzar fronteras. Cuando el feminismo renuncia a esta universalidad y adopta una ética condicionada por conveniencias políticas, deja de ser una lucha por la justicia y se convierte en un discurso administrado, cuidadosamente calibrado para no incomodar a ciertos poderes.
Y una ética que se negocia ya no es ética: es táctica. Esta es la grieta central que explica el silencio, la ambigüedad y la contradicción. No falta información. No falta evidencia. Falta voluntad de sostener principios cuando hacerlo tiene costo.
Eso no es interseccionalidad. Es renuncia moral.
La jerarquía del daño y la pérdida del sentido de proporción ética
Toda ética seria distingue entre niveles de daño. No porque unas personas importen más que otras, sino porque no toda injusticia tiene el mismo peso moral. Cuando esta distinción se pierde, el discurso moral se vuelve confuso, emocionalmente reactivo y éticamente irresponsable.
Uno de los síntomas más claros de la crisis actual del feminismo es precisamente este: la equiparación entre daños simbólicos y violencias estructurales. Se habla con la misma intensidad —o incluso mayor— de microagresiones, lenguaje, incomodidades identitarias o reconocimiento subjetivo, que de situaciones donde las mujeres son legalmente privadas de derechos fundamentales.
Pero no todo daño es equivalente.
Existe una diferencia moral abismal entre:
- ser contradicho en una identidad subjetiva,
- y ser castigada por ley por mostrar el cabello;
- entre sentir incomodidad en un espacio,
- y no poder salir de casa sin permiso masculino;
- entre un conflicto lingüístico,
- y la prohibición de estudiar, trabajar o decidir sobre el propio cuerpo.
Cuando un movimiento trata estos escenarios como comparables, pierde el sentido de la proporción ética, que es indispensable para cualquier lucha por la justicia.
En Afganistán e Irán, la violencia contra la mujer no es accidental ni marginal: es sistémica. Está inscrita en la ley, legitimada por la religión y ejecutada por el Estado. No depende de actitudes individuales, sino de estructuras de poder que convierten el cuerpo femenino en territorio controlado.
Frente a esto, resulta moralmente desconcertante que parte del feminismo concentre su energía en disputas simbólicas dentro de sociedades donde las mujeres ya cuentan con derechos civiles básicos. No porque esos debates sean irrelevantes en absoluto, sino porque no pueden ocupar el centro moral mientras existen mujeres a quienes se les niega la condición misma de sujeto.
La justicia exige priorizar. Y priorizar implica reconocer que hay urgencias que no admiten dilación ni relativismo.
Cuando el feminismo pierde esta capacidad de jerarquizar el daño, se vuelve vulnerable a una forma de narcisismo moral: el sufrimiento que se ve, el que ocurre cerca, el que no incomoda alianzas ideológicas, desplaza al sufrimiento que exige coraje para ser nombrado.
Esta inversión de prioridades no es neutra. Tiene consecuencias reales.
Cada silencio, cada eufemismo, cada “es complejo” frente a la opresión legal, refuerza la idea de que algunas mujeres son defendibles y otras son negociables.
Y una ética que acepta mujeres negociables ha abandonado su razón de ser.
Aquí no hay ambigüedad posible: la pérdida del sentido de proporción no es una evolución moral, es una regresión. Y sin proporción, no hay justicia, solo ruido moral.
El silencio como complicidad ética
Existe una ilusión cómoda que muchos movimientos adoptan para preservar su imagen moral: la idea de que callar es neutral. No lo es. En ética, el silencio deliberado frente a una injusticia conocida y documentada no es ausencia de acción: es una forma de acción pasiva que beneficia al opresor.
Este principio no es nuevo. Está presente en la ética clásica y moderna, desde Aristóteles hasta Hannah Arendt. Cuando una injusticia es pública, persistente y estructural, y quienes tienen voz eligen no usarla, la omisión se convierte en responsabilidad moral.
En el caso de Afganistán e Irán, no estamos ante hechos aislados ni situaciones ambiguas. Estamos frente a regímenes que han codificado la subordinación femenina en leyes, decretos y castigos visibles. El conocimiento está disponible. Las imágenes, los testimonios y los informes internacionales son claros. El silencio, por tanto, no puede justificarse por ignorancia.
¿Por qué, entonces, ese silencio?
La respuesta es incómoda pero necesaria: porque denunciar estos sistemas implica señalar al poder religioso y cultural como agente de opresión, y eso rompe con ciertos marcos ideológicos que prefieren describir el problema como “complejo” antes que como injusto.
Aquí el feminismo enfrenta su prueba ética más dura. No se trata de emitir un comunicado ocasional ni de expresar una “preocupación general”. Se trata de nombrar al opresor, aun cuando hacerlo genere acusaciones de intolerancia o incomodidad política.
Callar no protege a las mujeres iraníes encarceladas por no usar velo. Callar no devuelve a las niñas afganas a las aulas. Callar no debilita al poder teocrático; lo normaliza. Cada vez que el feminismo elige no hablar para no incomodar alianzas, está enviando un mensaje implícito: que hay opresiones que merecen confrontación y otras que merecen silencio. Y ese mensaje es devastador para cualquier ética que se pretenda universal.
Peor aún, este silencio suele ir acompañado de un desplazamiento discursivo: se habla de “contextos”, “tradiciones” o “sensibilidades culturales”, como si esas categorías pudieran absolver la negación sistemática de derechos. Pero ninguna cultura es inmune a la crítica moral cuando viola la dignidad humana. Sostener lo contrario no es respeto; es relativismo moral.
La historia es implacable con este tipo de omisiones. Nunca pregunta qué tan bien intencionado fue el silencio, sino a quién benefició.
Y en este caso, el silencio beneficia al régimen, no a la mujer.
Un feminismo que no puede alzar la voz cuando el poder se disfraza de religión no es prudente ni estratégico. Es moralmente evasivo.
Mujeres reales vs. mujeres conceptuales: el costo humano de la abstracción
El feminismo nació defendiendo mujeres reales. Mujeres con cuerpo, con biografía, con límites impuestos por su sexo en contextos concretos. Mujeres cuya vulnerabilidad no era teórica, sino cotidiana. La opresión que enfrentaban no era discursiva, sino legal, económica y física.
Sin embargo, uno de los giros más problemáticos del feminismo contemporáneo ha sido el desplazamiento del sujeto político. El foco ya no está puesto, prioritariamente, en las mujeres como grupo históricamente oprimido por razón de sexo, sino en categorías conceptuales cada vez más abstractas, definidas por autoidentificación, lenguaje o percepción subjetiva.
Este cambio tiene un costo humano real. Cuando la categoría “mujer” se vuelve difusa, simbólica o intercambiable, la mujer concreta desaparece del centro moral. El cuerpo femenino —el mismo que menstrúa, gesta, es violado, es controlado, es castigado— se convierte en un detalle incómodo. Y cuando el cuerpo se vuelve incómodo, también lo hacen las mujeres que no pueden escapar de él.
Las mujeres de Afganistán e Irán no sufren por una disputa conceptual sobre identidad. Sufren porque:
- su cuerpo es regulado por la ley,
- su voz vale menos ante un tribunal,
- su movilidad está restringida,
- su sexualidad es vigilada,
- su desobediencia es castigada.
Ese sufrimiento no puede abordarse desde categorías abstractas. Requiere nombrar el sexo, el cuerpo y la realidad material como ejes de la opresión.
Cuando el feminismo dedica más energía a proteger conceptos que a proteger cuerpos, algo se ha quebrado éticamente. No porque los conceptos carezcan de importancia, sino porque ninguna abstracción debería desplazar a quienes viven la violencia en primera persona. Hay aquí una inversión profundamente inquietante: las mujeres que pueden hablar, elegir y teorizar ocupan el centro del discurso; las mujeres que no pueden hablar, elegir ni teorizar quedan fuera del foco.
Esto no es empoderamiento global. Es elitización del feminismo.
Un movimiento que se define por su sensibilidad ética no puede permitirse defender identidades mientras abandona sujetos. No puede exigir reconocimiento simbólico mientras tolera la invisibilización material. Y no puede proclamarse inclusivo si, para incluir conceptos, excluye a mujeres reales de la prioridad moral.
Las mujeres no son una metáfora. No son una categoría flexible al servicio de consensos ideológicos. Son personas cuya vida y dignidad dependen de que alguien las defienda cuando no pueden defenderse solas. Cuando esa defensa se sustituye por debates abstractos, el feminismo deja de ser una ética de justicia y se convierte en un ejercicio intelectual desconectado del dolor humano.
Y ese es, quizá, el fracaso más grave de todos.
Lo que no admite evasión
Todo movimiento que se presenta como defensor de la justicia termina enfrentando, tarde o temprano, una prueba decisiva. No una prueba de popularidad ni de coherencia interna, sino una prueba ética: a quién defiende cuando hacerlo implica costo, y a quién abandona cuando el silencio resulta más cómodo.
En el caso del feminismo contemporáneo, esa prueba está hoy a la vista del mundo.
Si mañana desaparecieran todos los debates identitarios en Occidente, las mujeres de Afganistán e Irán seguirían viviendo bajo regímenes que controlan su cuerpo, su voz y su destino. Pero si mañana esos regímenes cayeran, millones de mujeres recuperarían, de inmediato, la posibilidad de estudiar, trabajar, circular, decidir y vivir sin miedo. Esa asimetría revela con brutal claridad dónde está la verdadera urgencia moral.
No se trata de negar la dignidad humana de nadie. Se trata de no sacrificar a las más vulnerables en nombre de consensos ideológicos. Un feminismo que no puede nombrar al opresor cuando el opresor es religioso, un feminismo que relativiza la violencia cuando esta se ampara en la cultura, un feminismo que diluye la categoría mujer para no incomodar alianzas políticas, no está avanzando hacia la justicia. Está retrocediendo hacia la evasión moral.
La historia es severa con este tipo de movimientos. No los juzga por la sofisticación de su lenguaje ni por la corrección de sus consignas, sino por una pregunta simple y devastadora: ¿a quién protegieron cuando proteger era peligroso? Porque defender derechos cuando no hay costo no es valentía; es conformidad. Defenderlos cuando incomoda, cuando rompe alianzas y cuando genera acusaciones, eso sí es ética.
Las mujeres de Afganistán e Irán no necesitan que se les explique su opresión en términos académicos. La viven todos los días. Lo que necesitan es que alguien, con voz y con poder, se atreva a decir que ninguna religión, cultura o ideología justifica su sometimiento. Ese fue el espíritu que dio origen al feminismo. Todo lo demás es deriva.
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