La Franja de Gaza: historia de un territorio moderno, no de una nación ancestral
Oct 31, 2023
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La Franja de Gaza: empezar por lo que es (y por lo que no es)
Escribo esto en primera persona porque, cuando se habla de Gaza, casi nadie se detiene a hacer lo más básico: definir el objeto de estudio. Y sin definición, no hay historia; hay relato emocional, consignas y, muchas veces, manipulación.
Desde el método histórico-crítico, lo primero que debo aclarar es esto: la Franja de Gaza no es una entidad eterna. No es un “territorio ancestral” con continuidad milenaria. Es una construcción histórica moderna, delimitada por fronteras recientes. Y si no entendemos esto desde el inicio, todo lo que sigue se tuerce.
Cuando leo o escucho frases como “Gaza desde tiempos bíblicos”, sé que algo anda mal. En la Antigüedad no existía la Franja de Gaza. Existía Gaza, la ciudad: un núcleo urbano antiguo, relevante por su ubicación estratégica, sí; pero ciudad al fin. Hablar de “franja” antes del siglo XX es un anacronismo, es decir, proyectar categorías modernas sobre realidades antiguas que no las conocían.
La Franja de Gaza, tal como hoy la nombramos, es un territorio costero estrecho, encajado entre el Mediterráneo, Egipto e Israel. Su forma alargada, casi artificial, no responde a procesos orgánicos de formación estatal, sino a líneas de control político y militar trazadas tras guerras modernas. Eso importa, porque las fronteras cuentan historias: no solo delimitan espacio, también revelan quién decide y en qué contexto.
Desde el punto de vista político-jurídico, Gaza no es un Estado soberano. Nunca lo ha sido. Tampoco es una provincia histórica continua con instituciones propias a lo largo de los siglos. Durante la mayor parte de su historia, Gaza fue administrada por imperios: cananeos, filisteos, asirios, persas, griegos, romanos, bizantinos, musulmanes, otomanos. Imperios no crean naciones modernas; administran territorios funcionales.
Aquí el método histórico-crítico exige separar tres planos que suelen mezclarse:
el geográfico (el lugar físico),
el histórico (quién lo gobernó y cómo),
y el político moderno (qué significa hoy).
La Franja de Gaza, como unidad territorial cerrada y densamente poblada, nace en el siglo XX, específicamente a partir de los acontecimientos de 1948. Antes de eso, había una ciudad llamada Gaza y aldeas alrededor; no había una franja definida, ni un ente político separado, ni una frontera que la aislara como hoy.
Decir esto no es negar el sufrimiento de nadie ni justificar a nadie. Es simplemente hacer historia con rigor. La historia no está para consolarnos; está para incomodarnos con hechos.
Por eso insisto: cuando empiezo a hablar de Gaza, empiezo aquí. No con ideología, no con eslóganes, sino con una definición clara. La Franja de Gaza es un territorio moderno, producto de decisiones geopolíticas recientes. Y entender eso no resuelve el conflicto, pero impide que lo pensemos mal desde el inicio.
En el próximo paso entraré en la Gaza antigua, la ciudad, las rutas comerciales y los filisteos, y explicaré qué podemos afirmar con fuentes… y qué cosas se repiten hoy sin ningún respaldo histórico.
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Gaza en la Antigüedad: una ciudad estratégica, no una nación
Cuando avanzo en la historia y entro en la Antigüedad, hago una pausa consciente. Aquí es donde más se abusa del pasado para justificar discursos del presente. Por eso, desde el método histórico-crítico, empiezo separando hechos verificables de interpretaciones interesadas.
En la Antigüedad, Gaza fue una ciudad, no un territorio soberano, no un pueblo-nación y, mucho menos, una “franja”. Gaza aparece en fuentes egipcias, bíblicas y asirias como un nodo urbano clave, situado en el cruce de rutas que conectaban África con Asia. Su valor era geográfico y económico antes que identitario.
Los primeros pobladores conocidos del área fueron cananeos. Más tarde, Gaza se integró a la pentápolis filistea junto con Ascalón, Asdod, Gat y Ecrón. Aquí conviene decir algo sin rodeos: los filisteos no eran árabes, no eran musulmanes y no eran “palestinos” en el sentido moderno. Eran un pueblo del Mediterráneo oriental, probablemente vinculado a los llamados Pueblos del Mar. Cualquier intento de trazar una línea directa entre filisteos y palestinos modernos es históricamente insostenible.
En los textos bíblicos, Gaza aparece como ciudad filistea y como escenario de conflictos regionales. El relato de Sansón, por ejemplo, la menciona explícitamente. Pero incluso aquí, Gaza sigue siendo un punto urbano, no una entidad política independiente. Nadie en la Antigüedad hablaba de “Gaza” como sujeto nacional con autodeterminación. Ese lenguaje simplemente no existía.
Con la expansión asiria y luego babilónica, Gaza pasa a formar parte de estructuras imperiales. Es conquistada, administrada, gravada. Su importancia no reside en su “identidad”, sino en su posición estratégica: quien controla Gaza controla el paso entre Egipto y el Levante. Esa lógica —control del corredor— se repite una y otra vez a lo largo de los siglos, como una constante geopolítica.
Bajo dominio persa y más tarde helenístico, Gaza se integra a redes comerciales más amplias. Se heleniza parcialmente, adopta elementos culturales griegos y continúa funcionando como ciudad portuaria y comercial. Nada de esto apunta a la existencia de una identidad nacional propia. Lo que existe es continuidad urbana, no continuidad política soberana.
Desde el enfoque histórico-crítico, este punto es clave: las ciudades sobreviven; las identidades políticas cambian. Gaza sobrevive porque su ubicación la hace útil. No porque represente un proyecto nacional antiguo.
Por eso me detengo aquí y soy insistente: cuando hoy se habla de Gaza como si fuera un sujeto histórico milenario, se está romantizando una ciudad antigua y transformándola en algo que nunca fue. La Gaza antigua explica la importancia estratégica del lugar, no la legitimidad de reclamos políticos modernos.
Entender Gaza en la Antigüedad como lo que realmente fue —una ciudad codiciada por imperios— nos prepara para el siguiente paso: su paso por el mundo romano, bizantino y cristiano, donde vuelve a cambiar de rostro sin dejar de ser, esencialmente, una ciudad dentro de estructuras mayores.
Seguimos con la etapa romana y bizantina, donde Gaza se transforma culturalmente, pero no políticamente.



Gaza en época romana y bizantina: continuidad urbana, cambio cultural
Al avanzar hacia el periodo romano y bizantino, vuelvo a hacer el mismo ejercicio de disciplina histórica: ¿qué cambia y qué permanece? Porque la tentación aquí es leer conversiones religiosas como si fueran nacimientos nacionales. Y no lo son.
Durante el dominio romano, Gaza sigue siendo Gaza: una ciudad relevante dentro de una provincia imperial. Roma no crea naciones; administra territorios. Gaza se integra a la red romana como centro urbano, comercial y administrativo. No adquiere soberanía, ni instituciones propias que la conviertan en sujeto político autónomo. Su estatus es claro: ciudad provincial.
En esta etapa, lo que sí cambia es el marco cultural. Gaza se heleniza con mayor intensidad, adopta el griego como lengua culta y se conecta con circuitos intelectuales del Mediterráneo oriental. La ciudad se vuelve conocida por sus escuelas de retórica y filosofía. Esto es importante, porque muestra algo que suele omitirse: Gaza no fue siempre un espacio cerrado ni homogéneo, sino un lugar de intercambio cultural.
Con el paso al periodo bizantino, Gaza se transforma nuevamente, esta vez en un centro cristiano relevante. Se construyen iglesias, monasterios y complejos religiosos. La población se cristianiza en gran medida. Aquí conviene detenerse en una afirmación incómoda pero necesaria: Gaza fue mayoritariamente cristiana durante siglos. No musulmana, no islámica, sino cristiana oriental.
Desde el método histórico-crítico, esto desarma otra narrativa simplificada: la idea de una Gaza eternamente ligada a una sola identidad religiosa. La historia muestra lo contrario. Las religiones cambian; la ciudad permanece.
Políticamente, sin embargo, no hay novedad estructural. Gaza no se convierte en capital de un reino independiente ni en núcleo de una entidad nacional. Sigue siendo parte de un orden imperial, primero romano y luego bizantino. Las decisiones importantes no se toman en Gaza, sino en centros de poder más amplios.
Este punto es fundamental para entender el presente: la continuidad de Gaza es urbana y estratégica, no estatal. Su importancia se explica por su ubicación, no por una soberanía propia. Cada imperio la administra según sus necesidades: impuestos, defensa, comercio, religión oficial.
Cuando hoy se intenta construir un relato lineal que va “de la Gaza antigua a la Gaza actual” como si se tratara del mismo sujeto histórico, se está ignorando deliberadamente esta etapa. Porque esta etapa demuestra que la identidad del lugar fue mutable, y que no existe una línea recta entre Antigüedad y política moderna.
Para mí, este periodo romano-bizantino cumple una función clave en el análisis: rompe la ilusión de continuidad identitaria. Gaza cambia de lengua, de religión y de marco cultural sin dejar de ser Gaza. Eso solo es posible cuando lo que persiste no es una nación, sino una ciudad útil dentro de sistemas mayores.
Este recorrido nos lleva naturalmente al siguiente quiebre: la conquista islámica del siglo VII, donde Gaza vuelve a transformarse, ahora dentro del mundo árabe-islámico, sin dejar de ser —otra vez— una ciudad administrada por imperios.
Seguimos con la etapa islámica temprana y la arabización, donde conviene separar cultura, lengua y poder político con mucho cuidado.

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La conquista islámica y la arabización: cambio de poder, no nacimiento de una nación
Cuando llego al siglo VII, vuelvo a frenar el impulso de muchos relatos contemporáneos que presentan este momento como si aquí “naciera” una identidad política continua hasta hoy. Desde el método histórico-crítico, eso no se sostiene.
Con la expansión islámica, Gaza pasa del dominio bizantino al mundo árabe-islámico. Es un cambio de poder imperial, no la creación de una entidad soberana local. Gaza no se convierte en capital de un reino propio ni en sujeto político autónomo; se integra, una vez más, a una estructura mayor: primero el califato rashidún, luego el omeya y el abasí.
Aquí es clave separar conceptos que suelen mezclarse de forma interesada:
Islamización no es lo mismo que arabización, y ninguna de las dos equivale a nacionalización.
La población de Gaza adopta gradualmente el islam como religión dominante y el árabe como lengua principal, pero eso ocurre a lo largo de generaciones, no de un día para otro. No estamos ante un “pueblo nuevo” que surge, sino ante poblaciones locales que se adaptan al poder vigente, como había ocurrido antes con el cristianismo bajo Bizancio.
Desde las fuentes históricas, Gaza sigue siendo una ciudad regional dentro de una provincia mayor. Su relevancia continúa siendo estratégica y económica, no ideológica. No hay documentos que hablen de una “Gaza independiente”, ni de una identidad política propia diferenciada del resto del territorio administrado por el califato.
Este punto suele incomodar porque desmonta otra simplificación común: la idea de que Gaza fue “naturalmente” islámica desde siempre. No lo fue. Fue cananea, filistea, helenística, romana, cristiana… y luego islámica. La islamización es una etapa más, no un origen absoluto.
Incluso dentro del mundo islámico, Gaza no ocupa un rol central de poder. No define doctrinas, no lidera movimientos políticos propios, no marca el rumbo del califato. Es administrada, gravada y protegida como parte de un sistema imperial que se extiende desde Damasco o Bagdad. La lógica se repite: el centro decide, la ciudad ejecuta.
Para mí, este periodo confirma un patrón histórico constante: Gaza no produce soberanía, la recibe. Cambia de manos, cambia de lengua dominante, cambia de religión mayoritaria, pero no se transforma en Estado ni en nación. La continuidad sigue siendo urbana y geográfica, no política.
Este dato es crucial para el presente. Cuando hoy se intenta presentar Gaza como el corazón histórico de una identidad política milenaria, se está forzando el pasado para servir al presente. La historia, leída con rigor, muestra algo mucho más sobrio: Gaza se adapta a los imperios que la controlan.
El siguiente paso nos lleva a un periodo largo y poco discutido, pero fundamental para entender la ausencia de soberanía local: Gaza bajo el Imperio Otomano, donde vuelve a quedar claro que no existe una entidad política propia llamada “Gaza”.
Seguimos con la etapa otomana (1517–1917).




Gaza bajo el Imperio Otomano: cuatro siglos sin soberanía
Cuando entro al periodo otomano, hago algo que la narrativa actual suele evitar: miro la duración. Desde 1517 hasta 1917, Gaza permanece casi cuatrocientos años bajo un mismo imperio. Ese dato, por sí solo, debería bastar para moderar cualquier afirmación sobre soberanía local o continuidad nacional propia.
Durante el dominio del Imperio Otomano, Gaza no fue un Estado, ni una provincia autónoma con identidad política propia. Fue, sencillamente, una ciudad y su entorno, integrada a distintas divisiones administrativas del imperio —a veces como sanjak, a veces subordinada a distritos mayores dentro de la región de Siria—. La administración cambiaba; la lógica imperial, no.
Desde el método histórico-crítico, este periodo es incómodo porque rompe el relato de “opresión colonial reciente” aplicado retroactivamente. Los otomanos no eran europeos modernos ni potencias coloniales al estilo del siglo XIX; eran un imperio islámico multinacional. Y Gaza, como tantas otras ciudades, funcionaba dentro de ese sistema sin aspiraciones nacionales propias.
La población de Gaza en época otomana era religiosa y socialmente diversa: musulmanes mayoritarios, comunidades cristianas y presencia judía estable. No existía una política de homogeneización identitaria ni un proyecto de nación local. La identidad primaria de los habitantes era religiosa, local o imperial, no nacional en sentido moderno.
Aquí conviene subrayar algo clave:
la idea de “nación” no operaba como categoría política central. La gente no se concebía a sí misma como parte de un “pueblo gazatí soberano”, del mismo modo que un habitante de Alepo o Damasco no se pensaba como ciudadano de un Estado-nación sirio moderno. Esa forma de pensar vendrá después, importada desde Europa.
Económicamente, Gaza seguía siendo un nodo regional, vinculado al comercio agrícola y a las rutas que conectaban Egipto con el Levante. No era una capital imperial ni un centro decisorio. Su destino se decidía lejos, en Estambul. Y este detalle importa, porque confirma un patrón que se repite una y otra vez: Gaza no controla su propio marco político.
Cuando observo estos cuatro siglos con distancia, el mensaje histórico es claro:
si durante 400 años no surge una entidad política local soberana llamada Gaza, no es porque haya sido “impedida” por un enemigo específico, sino porque la lógica del mundo premoderno no funcionaba así. Los Estados-nación aún no eran el marco dominante.
Este periodo otomano es el último gran capítulo premoderno. Con su caída tras la Primera Guerra Mundial, el mundo cambia de reglas. Y es ahí —no antes— donde comienza el verdadero quiebre que dará origen a la Franja de Gaza como la conocemos hoy.
El siguiente paso es decisivo: el Mandato Británico, donde el lenguaje de fronteras, administración internacional y conflicto moderno empieza a tomar forma.
Seguimos con Gaza bajo el Mandato Británico (1917–1948), el umbral entre imperios antiguos y conflicto contemporáneo.




Gaza bajo el Mandato Británico: el umbral del conflicto moderno
Cuando llego al Mandato Británico (1917–1948), cambio de ritmo. Aquí ya no estamos en el mundo premoderno de imperios largos y lentos. Aquí entra en escena el siglo XX, con sus nuevas reglas: fronteras trazadas en mapas, administración internacional, nacionalismos en competencia y guerras con consecuencias demográficas inmediatas.
Bajo el mandato, Gaza sigue siendo una ciudad y su entorno, integrada en la administración británica del territorio. Aún no existe la Franja de Gaza como entidad separada. No hay fronteras cerradas, ni un perímetro definido que la aísle del resto de la región. Gaza funciona como distrito administrativo, no como territorio autónomo.
Este punto es esencial:
durante todo el Mandato Británico, Gaza no es un proyecto político independiente, ni para los británicos ni para los liderazgos árabes locales. Es una pieza dentro de un entramado mayor que los británicos intentan —con éxito limitado— administrar.
Aquí aparece por primera vez algo verdaderamente nuevo: la politización moderna del territorio. El lenguaje cambia. Empiezan a circular conceptos como autodeterminación, nacionalismo, mayorías y minorías. No porque Gaza los haya generado, sino porque el mundo posterior a la Primera Guerra Mundial los impone como marco.
Desde una mirada histórico-crítica, este periodo está marcado por ambigüedad estructural. Los británicos gobiernan sin resolver las tensiones de fondo, prometiendo cosas incompatibles a distintos actores y dejando problemas abiertos. Gaza, como muchas otras zonas, queda atrapada en ese vacío.
Demográficamente, Gaza en esta etapa no es aún el enclave densamente poblado que conocemos hoy. Su transformación radical vendrá después. Durante el Mandato, la ciudad mantiene un perfil regional, agrícola y comercial, sin el nivel de concentración humana que luego la definirá.
Es importante subrayar algo que suele distorsionarse en el discurso actual:
la Franja de Gaza no nace del Mandato Británico. Nace del colapso del Mandato. Es el resultado de una guerra posterior, no de una planificación colonial británica directa.
Cuando el Mandato termina y estalla la guerra de 1948, todo cambia de forma abrupta. Lo que hasta entonces era un distrito abierto se convierte, por primera vez, en un espacio delimitado, cerrado y saturado. Ahí ocurre el verdadero quiebre histórico.
Por eso, al cerrar este capítulo, dejo clara esta idea:
el Mandato Británico prepara el escenario, pero no crea la Franja de Gaza. La Franja es hija del conflicto armado que sigue, no del mandato en sí.
En el siguiente punto entramos en el momento fundacional real:
1948 — la guerra, la administración egipcia y el nacimiento de la Franja de Gaza como territorio definido.




1948: cuando nace realmente la Franja de Gaza
Aquí llego al punto fundacional. Todo lo anterior prepara el terreno, pero la Franja de Gaza nace en 1948. No antes. Y nace por la guerra, no por un proceso orgánico de autodeterminación.
Con el colapso del Mandato Británico y la guerra árabe-israelí de 1948, el mapa cambia de forma abrupta. Gaza, que hasta entonces era una ciudad abierta dentro de una región más amplia, se convierte en un territorio delimitado de facto. Por primera vez, aparecen líneas que encierran, no solo que administran. Ahí surge la Franja.
Desde el método histórico-crítico, este momento es clave porque aquí se combinan tres factores inéditos:
Primero, la militarización del espacio.
Gaza queda bajo administración militar egipcia tras los armisticios de 1949. Egipto controla el territorio, pero —y esto es crucial— no lo anexa. No convierte a Gaza en parte de Egipto ni concede ciudadanía egipcia a sus habitantes. Gaza queda en un limbo político: administrada, pero no integrada.
Segundo, la transformación demográfica radical.
A Gaza llegan decenas de miles de refugiados árabes provenientes de otras zonas del antiguo Mandato. En cuestión de meses, el territorio se satura. Un espacio pequeño recibe una población para la cual no fue diseñado. Esta concentración no es histórica ni “natural”; es consecuencia directa de la guerra.
Tercero, la fijación de fronteras rígidas.
Las líneas de armisticio convierten a Gaza en un enclave cerrado. Ya no es un distrito conectado fluidamente con su entorno, sino un espacio confinado. Este encierro es nuevo. No existía en época otomana, ni romana, ni islámica temprana. Es un fenómeno del siglo XX.
Aquí conviene decir algo con absoluta claridad:
la Franja de Gaza no fue creada como un Estado palestino. No por Israel, no por Egipto, no por nadie. Surge como resultado residual de una guerra, no como proyecto político acabado. Egipto administra, pero no construye soberanía; la comunidad internacional observa, pero no resuelve.
Desde este momento, Gaza queda marcada por una paradoja histórica:
es un territorio altamente politizado, pero sin soberanía propia. Tiene población, tiene fronteras, tiene administración militar, pero no tiene Estado. Esta combinación es explosiva, y lo será cada vez más con el paso del tiempo.
Cuando leo discursos que hablan de Gaza como si fuera la expresión directa de una identidad milenaria, vuelvo aquí, a 1948. Porque es aquí donde la Franja empieza a existir como tal. Todo lo anterior explica la ciudad; esto explica el territorio.
Este punto no es opinable. Está documentado en armisticios, mapas y censos. Y entenderlo cambia por completo la forma en que se interpreta el presente: Gaza no es el resultado inevitable de la historia antigua, sino una consecuencia concreta de una guerra moderna.
En el siguiente paso entro en un periodo menos comentado pero decisivo:
Gaza bajo administración egipcia (1948–1967), donde el territorio existe, pero sigue sin soberanía y sin proyecto estatal propio.
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1948–1967: Gaza bajo administración egipcia, territorio sin soberanía
Después de 1948, Gaza ya existe como franja, pero eso no significa que exista como sujeto político. Aquí entro en un periodo que suele quedar fuera del debate público, quizá porque no encaja bien con ningún relato cómodo.
Entre 1948 y 1967, Gaza queda bajo administración egipcia. Y quiero ser muy precisa con el lenguaje: administración no es anexión. Egipto controla el territorio militarmente, gestiona seguridad y fronteras, pero no incorpora Gaza a su Estado. No la convierte en provincia egipcia. No concede ciudadanía egipcia a sus habitantes. Gaza queda, otra vez, en un limbo.
Desde el método histórico-crítico, este detalle es central. Si Gaza fuera entendida entonces como “territorio nacional palestino” en sentido pleno, este habría sido el momento lógico para construirlo. No ocurrió. No por Israel, que no controlaba Gaza en ese periodo, sino por una decisión política del mundo árabe, particularmente de Egipto.
La vida en Gaza durante estos años está marcada por la gestión del problema de los refugiados, no por la construcción de instituciones estatales. La creación y expansión de campos administrados por organismos internacionales consolida una realidad que será duradera: una población numerosa, dependiente de ayuda externa, sin soberanía y sin horizonte político propio.
Egipto gobierna Gaza como zona de contención, no como proyecto nacional. El territorio sirve como amortiguador geopolítico frente a Israel, no como embrión de un Estado. Esta lógica no es ideológica; es estratégica. Y sus consecuencias se sienten hasta hoy.
Aquí aparece otra incomodidad histórica:
durante casi veinte años, no existe un Estado palestino en Gaza, ni siquiera bajo control árabe. Esto no invalida reivindicaciones posteriores, pero sí desmonta la idea de que Gaza fue sistemáticamente impedida de ser Estado por un único actor. La historia es más compleja, y menos moralmente sencilla.
Demográficamente, Gaza se densifica aún más. Económicamente, permanece restringida. Políticamente, no desarrolla instituciones soberanas. Todo gira en torno a administración, seguridad y supervivencia cotidiana. Gaza existe, pero no decide.
Cuando leo análisis que saltan de 1948 directamente a 1967 como si nada relevante hubiera pasado en medio, veo un vacío deliberado. Porque este periodo demuestra algo incómodo: la ausencia de soberanía palestina en Gaza no comienza con Israel. Viene de antes, y tiene raíces regionales.
Este capítulo prepara el siguiente gran giro: 1967, cuando Gaza pasa del control egipcio al control israelí tras la Guerra de los Seis Días. Ahí cambia el administrador, pero no la condición fundamental del territorio.
Seguimos con 1967–2005: Gaza bajo control israelí, un periodo largo, contradictorio y decisivo para entender la Gaza contemporánea.




1967–2005: Gaza bajo control israelí, administración sin anexión
En 1967, con la Guerra de los Seis Días, Gaza cambia de administrador otra vez. Pasa del control egipcio al control israelí. Y aquí vuelvo a aplicar el método histórico-crítico con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué cambia realmente y qué permanece igual?
Lo primero que permanece igual es lo fundamental: Gaza sigue sin soberanía propia. Israel no anexa Gaza. No la integra como parte de su Estado. La controla militarmente y la administra, pero no la convierte en territorio israelí soberano. Jurídicamente, Gaza queda en una categoría ambigua: territorio bajo ocupación militar, según el derecho internacional, pero sin transformación en Estado.
Lo segundo que permanece es el carácter de enclave. Gaza sigue siendo un espacio pequeño, densamente poblado y estratégicamente sensible. Lo que cambia es quién controla las entradas, salidas y seguridad, no la naturaleza estructural del territorio.
Durante estas décadas, Israel administra Gaza con una lógica doble —y aquí no simplifico—:
por un lado, control de seguridad;
por otro, gestión civil limitada de una población que no integra políticamente.
Este periodo introduce una contradicción central: Gaza queda económicamente vinculada a Israel, pero políticamente separada. Muchos habitantes trabajan, comercian o dependen indirectamente de la economía israelí, mientras el territorio sigue sin proyecto estatal propio. Esta dependencia asimétrica crea tensiones profundas y resentimientos acumulados.
En este contexto surgen asentamientos israelíes dentro de Gaza. No eran mayoritarios ni extensos en comparación con Cisjordania, pero su presencia tenía un peso simbólico y político desproporcionado. Gaza se convierte así en un espacio altamente friccionado, donde civiles, militares y poblaciones locales coexisten de forma inestable.
Los años noventa introducen un elemento nuevo: los Acuerdos de Oslo. Aquí aparece, por primera vez, un intento explícito de transferir autoridad administrativa palestina en Gaza. Se crea la Autoridad Palestina y Gaza pasa parcialmente a su gestión civil. Esto rompe el esquema anterior, pero no resuelve el problema central: no hay soberanía plena.
Desde una mirada crítica, Oslo no crea un Estado; crea autonomías fragmentadas. Gaza se convierte en laboratorio de autogobierno limitado, bajo supervisión y con restricciones. Es un experimento incompleto, frágil, atravesado por violencia, desconfianza y fallos estructurales.
Lo que me interesa subrayar aquí es esto:
durante casi cuarenta años de control israelí, Gaza no fue absorbida, no fue convertida en Estado, y no dejó de ser un territorio administrado. Cambió el actor dominante, pero no la condición política de fondo.
Este periodo explica por qué Gaza llega a 2005 cargada de tensiones acumuladas. No es solo una historia de ocupación; es una historia de ausencia prolongada de solución política, donde cada actor gestiona el problema sin resolverlo.
Todo esto desemboca en un punto de inflexión decisivo: la retirada unilateral israelí de 2005. Por primera vez, Israel sale físicamente del territorio. Gaza queda, en teoría, libre de presencia militar permanente dentro de sus fronteras. Y lo que ocurre después redefine por completo su historia reciente.
Seguimos con 2005–2007: retirada israelí, vacío de poder y el quiebre interno que cambia Gaza para siempre.




2005–2007: retirada israelí, vacío de poder y quiebre interno
En 2005 ocurre algo que muchos mencionan, pero pocos analizan con calma: Israel se retira unilateralmente de la Franja de Gaza. No es una retirada simbólica ni parcial. Es física y completa: desmantela asentamientos, evacua a sus ciudadanos y retira presencia militar permanente desde dentro del territorio.
Desde el método histórico-crítico, este momento es clave porque rompe una continuidad administrativa que llevaba décadas. Por primera vez desde 1948, Gaza no está bajo administración directa de una potencia vecina dentro de su territorio. Y aquí aparece la pregunta incómoda que la historia obliga a formular: ¿qué se hace con ese vacío?
La respuesta no tarda, pero no es la que muchos esperaban.
Tras la retirada, Gaza queda bajo control de la Autoridad Palestina en teoría, pero en la práctica emerge una fractura interna profunda. No se consolida un proyecto estatal ni se fortalecen instituciones civiles estables. Lo que aparece es una lucha por el poder entre facciones palestinas.
En 2006, Hamás gana elecciones legislativas. Este dato suele mencionarse sin contexto: ganar elecciones no equivale automáticamente a construir Estado. Lo que sigue es un proceso de confrontación armada interna que culmina en 2007, cuando Hamás toma el control de Gaza por la fuerza, expulsando a la Autoridad Palestina.
Aquí hago una distinción que para mí es ética e histórica, no retórica:
Gaza no “elige” colectivamente ser gobernada por Hamás como proyecto civil consensuado. Gaza queda bajo el control de una organización islamista tras un conflicto interno violento. Población civil, territorio y gobierno no son lo mismo, aunque a menudo se presenten como una sola cosa.
Este quiebre convierte a Gaza en algo nuevo:
un territorio políticamente separado de Cisjordania,
gobernado por una organización armada,
sin integración institucional con el resto del liderazgo palestino.
Desde aquí, Gaza deja de ser solo un problema territorial y se convierte en un actor político-militar propio, aunque sin soberanía estatal reconocida. La Franja ya no es únicamente un enclave heredado de guerras pasadas; pasa a ser un espacio gobernado por una ideología específica, con consecuencias regionales.
El cierre de fronteras, los bloqueos y las restricciones que siguen no nacen en el vacío, sino como reacción directa a este cambio de control. No justifico ni absuelvo; contextualizo. La historia no funciona por actos aislados, sino por secuencias.
Este periodo marca el final de una posibilidad y el inicio de otra etapa mucho más dura:
la Gaza contemporánea, definida por aislamiento, confrontación recurrente y una población civil atrapada entre decisiones que no controla plenamente.
En el próximo paso entro en Gaza hoy: qué es, cómo funciona, por qué su situación no puede explicarse solo con una palabra —ni “bloqueo”, ni “ocupación”, ni “resistencia”— sin caer en reduccionismos peligrosos.
Seguimos con la Gaza contemporánea y sus límites reales.




Gaza hoy: un territorio real, con límites reales
Cuando hablo de Gaza hoy, intento no caer en palabras-atajo. Ninguna etiqueta única —“bloqueo”, “ocupación”, “resistencia”, “prisión”— alcanza por sí sola a describir lo que ocurre. Desde el método histórico-crítico, Gaza es el resultado acumulado de decisiones, guerras, omisiones y quiebres internos. No de una causa única. No de un solo culpable.
Hoy, la Franja de Gaza es un territorio pequeño, densamente poblado y políticamente aislado, gobernado por una organización islamista que no representa automáticamente a la población civil, pero que sí ejerce el poder efectivo. Esa distinción es incómoda, pero esencial si se quiere analizar sin propaganda.
Gaza no es un Estado soberano. No controla plenamente su espacio aéreo, sus aguas territoriales ni sus fronteras exteriores. Tampoco funciona como una colonia clásica. Es algo más ambiguo y, por eso mismo, más difícil de explicar: un territorio gobernado por un actor no estatal, sometido a controles externos y atravesado por conflictos armados recurrentes.
Desde el punto de vista histórico, esto no es una anomalía surgida de la nada. Es la continuación de un patrón: Gaza nunca ha sido soberana. Ha cambiado de administradores, de lenguas dominantes, de religiones mayoritarias y de ideologías gobernantes, pero nunca ha tenido control pleno de su destino político. Eso no la convierte en culpable; la convierte en producto de una historia específica.
Aquí también es necesario decir algo que suele silenciarse:
la situación actual de Gaza no puede entenderse sin su gobierno interno. No se trata solo de factores externos. Las decisiones del liderazgo que gobierna Gaza —militarización del territorio, priorización del conflicto armado, represión interna— tienen consecuencias directas sobre la vida cotidiana de la población. Ignorar esto es deshumanizar, no defender.
Al mismo tiempo, reducir Gaza a su gobierno es igualmente falso. Gaza no es Hamás, del mismo modo que no fue Egipto, ni Israel, ni el Imperio Otomano. Es una población civil viviendo en un espacio históricamente comprimido, donde las opciones reales han sido siempre limitadas.
Cuando miro Gaza hoy, desde esta línea histórica completa, no veo un símbolo eterno ni un mito fundacional. Veo un territorio moderno, nacido en 1948, cargado de pasado urbano antiguo, atravesado por imperios, guerras y fracasos políticos del siglo XX y XXI. Veo una realidad que no se explica con consignas, sino con secuencias.
Por eso, cerrar este recorrido es casi una advertencia metodológica:
quien habla de Gaza sin historia hace activismo;
quien habla de Gaza sin presente hace arqueología ideológica;
quien quiere entender Gaza de verdad necesita ambas cosas, sin atajos morales.
Con esto queda completo el recorrido parte por parte, exclusivamente sobre la Franja de Gaza, sin diluirla en “Palestina” como concepto general y sin proyectar sobre ella identidades que no le pertenecen históricamente.
Este texto, tal como está, ya funciona como serie de blog, guion de podcast o base para clase. A partir de aquí, lo que se haga con Gaza —intelectual o políticamente— al menos parte de un suelo histórico firme.
Bienvenido a un espacio donde la Kabbalah se convierte en una guía práctica para transformar tu vida. Aprende cómo aplicar principios espirituales en tu día a día para alcanzar plenitud y propósito.
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