La historia mundial de la segregación de los baños
Aug 31, 2023Espacio público y poder: por qué un baño nunca es “solo un baño”
La segregación de los baños no se entiende bien si arrancamos por el letrero en la puerta (“Whites/Colored”, “Men/Women”, “Europeans/Non-Europeans”). Eso es el síntoma visible. El método histórico-crítico obliga a empezar antes: por la pregunta incómoda que casi nadie formula.
¿Cuándo y por qué el Estado —o una autoridad social— empieza a regular algo tan íntimo como el cuerpo en un espacio público?
Porque el punto de partida no es la higiene. Es la administración del espacio y, con ella, la administración de la presencia: quién puede estar, por cuánto tiempo, con qué dignidad, bajo qué condiciones, y con qué costo psicológico.
En sociedades premodernas, gran parte de la vida ocurre sin una obsesión estatal por el “diseño” del cuerpo ciudadano. Pero con la modernidad —especialmente desde el siglo XVIII y con fuerza en el XIX— el espacio público se vuelve un proyecto: ciudades que crecen, migraciones internas, fábricas, estaciones, escuelas, y una burocracia que necesita ordenar masas. Ese cambio histórico es clave. El baño se vuelve entonces un punto estratégico porque es un lugar donde el cuerpo se vuelve innegable: biología, vulnerabilidad, intimidad.
Aquí el análisis histórico-crítico distingue dos cosas que suelen confundirse:
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Separación funcional (organizar flujos, privacidad, logística).
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Segregación jerárquica (marcar inferioridad, imponer límites simbólicos, producir obediencia).
Las sociedades pueden separar sin humillar. El problema histórico aparece cuando la separación se convierte en un lenguaje de jerarquía. Y eso ocurre cuando una autoridad —Estado, municipio, empresa, régimen colonial, élite moral— decide que ciertos cuerpos deben ser tratados como “riesgo”, “amenaza”, “impureza” o “desorden”.
En términos de ideas, hay una transformación intelectual que también importa. La modernidad trae un tipo de racionalidad administrativa: no solo se gobiernan territorios; se gobiernan poblaciones. Esa intuición —muy trabajada por historiadores y filósofos del poder como Michel Foucault en el siglo XX— ayuda a leer el pasado sin inventarlo: el cuerpo entra en la política como objeto de regulación cotidiana (escuela, hospital, cuartel, fábrica… y sí, también baños).
Y aquí entra una pieza fina del método: no basta con citar ideas; hay que mirar mecanismos. Históricamente, la segregación de baños se vuelve posible cuando existen al menos tres cosas a la vez:
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Infraestructura pública (baños en estaciones, edificios, parques, fábricas).
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Normas explícitas (reglamentos municipales, leyes, políticas institucionales).
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Coerción (multas, vigilancia, policía, despidos, humillación social).
Sin ese triángulo, hay prejuicio; pero todavía no hay sistema.
Por eso, antes de hablar de Jim Crow o del apartheid, hay que entender esta lógica: el baño es un dispositivo social perfecto porque permite hacer algo muy potente con poco esfuerzo: convertir una jerarquía abstracta en una experiencia corporal diaria. No necesitas propaganda sofisticada. Basta con puertas, letreros y castigo. Y cuando la desigualdad entra al cuerpo, la ideología se vuelve “realidad”.
Esta es la tesis guía (y es histórica, no militante): cada vez que una sociedad redefine quién puede usar qué baño, está redibujando —aunque diga lo contrario— el mapa de pertenencia al espacio público. A veces con razones logísticas; otras, como en los casos más oscuros del mundo moderno, para fabricar inferioridad.
Con este marco claro, ya podemos entrar a la historia concreta, sin confundir épocas ni motivos.
Parte 3 — Siglo XIX: cuando el Estado moderno entra al baño
Aquí ocurre el punto de inflexión histórico real. El método histórico-crítico nos obliga a decirlo sin rodeos: la segregación moderna de los baños no surge del prejuicio popular espontáneo, sino de la expansión del Estado moderno, de su nueva obsesión por regular cuerpos, flujos y conductas en espacios urbanos masivos.
No es casualidad que esto ocurra en el siglo XIX. Coincide con tres procesos históricos verificables que se refuerzan entre sí.
Primero, la industrialización. Millones de personas comienzan a concentrarse en fábricas, estaciones de tren, puertos, escuelas y oficinas. El cuerpo deja de ser algo que el poder ve ocasionalmente y pasa a ser algo que debe organizarse en masa: horarios, descansos, productividad, disciplina.
Segundo, la urbanización acelerada. Las ciudades crecen más rápido de lo que crecen sus infraestructuras. Surgen epidemias, hacinamiento, insalubridad. Esto genera una nueva clase de autoridad: el experto higienista, el médico urbano, el reformador social que no gobierna desde la moral religiosa tradicional, sino desde el lenguaje de la ciencia, la salud y el orden.
Tercero, la burocracia estatal moderna. Aparecen reglamentos municipales, códigos sanitarios, inspecciones, multas. El poder ya no actúa solo castigando delitos; actúa previniendo desorden.
Es en este contexto —y no antes— donde el baño se vuelve un problema político.
El discurso higienista: ciencia, moral y control
El método histórico-crítico exige analizar los discursos, no solo las leyes. En el siglo XIX, los textos médicos y administrativos comienzan a asociar ciertos cuerpos con:
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suciedad
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contagio
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inmoralidad
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desorden social
No se habla todavía abiertamente de “inferioridad ontológica”, pero sí de riesgo. Y cuando un cuerpo es definido como riesgo, la solución administrativa es la separación.
Aquí aparece un mecanismo clave: la segregación presentada como neutralidad técnica. No se dice “separar para humillar”, se dice “separar para proteger”, “para higienizar”, “para prevenir”.
Este patrón se repetirá una y otra vez en la historia.
El nacimiento de los baños separados por sexo
Uno de los primeros sistemas de segregación moderna no es racial, sino sexual. En ciudades de Europa y Estados Unidos, a mediados del siglo XIX, se empiezan a construir baños públicos separados para hombres y mujeres.
El argumento dominante no es igualdad, sino protección moral. La mujer es vista como vulnerable, frágil, susceptible al escándalo. El espacio público sigue siendo concebido como masculino; el baño femenino permite la presencia de la mujer en la ciudad, pero bajo condiciones estrictamente reguladas.
El método crítico aquí es claro:
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La separación habilita la participación femenina.
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Pero al mismo tiempo la limita y la define.
No es emancipación plena; es inclusión condicionada.
De la organización funcional a la jerarquía
Hasta este punto, la separación puede parecer funcional. El giro ocurre cuando esta lógica se traslada a otras categorías humanas.
Una vez que el Estado aprende que puede ordenar cuerpos mediante arquitectura, señalización y normas, el modelo se vuelve replicable. El baño se transforma en un laboratorio social de bajo costo y alto impacto simbólico.
El método histórico-crítico detecta aquí un cambio cualitativo:
la separación deja de responder solo a logística y comienza a codificar jerarquía.
Ya no se trata solo de privacidad, sino de quién pertenece legítimamente al espacio urbano moderno.
Lo que esta parte demuestra (sin ideología)
Esta etapa enseña algo fundamental:
la segregación de los baños no nace del odio irracional, sino de una racionalidad administrativa que se vuelve peligrosa cuando se combina con prejuicios sociales y poder coercitivo.
El siglo XIX no inventa la desigualdad, pero inventa algo nuevo:
la capacidad del Estado de convertir una diferencia social en una experiencia corporal cotidiana, repetida y legalmente reforzada.
Con esta maquinaria ya en funcionamiento, el siguiente paso era casi inevitable.

Estados Unidos: Jim Crow y la segregación racial institucionalizada
Aquí el método histórico-crítico exige máxima precisión, porque este es uno de los casos mejor documentados y, paradójicamente, uno de los más simplificados en el discurso popular. La segregación de los baños en Estados Unidos no fue una costumbre social difusa: fue un sistema legal coherente, producido por decisiones políticas, sostenido por tribunales y ejecutado por autoridades locales.
Contexto histórico verificable (1865–1964)
Tras la Guerra Civil (1861–1865) y la abolición formal de la esclavitud, Estados Unidos entra en un período de tensión estructural. La Reconstrucción (1865–1877) intenta integrar jurídicamente a la población negra recién liberada. Ese intento fracasa en gran parte cuando los estados del sur recuperan control político y diseñan un nuevo orden racial sin restaurar la esclavitud, pero conservando su jerarquía.
Aquí el método crítico subraya algo esencial: la segregación no es un “residuo” de la esclavitud; es su reingeniería legal.
Actores y arquitectura del sistema
La segregación de baños se articula dentro del entramado conocido como Jim Crow, que abarcaba transporte, educación, vivienda, hospitales y espacios públicos. Los actores no son abstractos:
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Legislaturas estatales del sur, que promulgan leyes de separación racial.
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Municipios, que reglamentan edificios públicos y comercios.
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Tribunales, que validan la constitucionalidad de la separación.
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Fuerzas del orden, que hacen cumplir la norma.
El baño es una pieza pequeña pero constante de ese engranaje.
La legalización de la desigualdad
El hito jurídico clave es el fallo Plessy v. Ferguson (1896), que legitima el principio de “separados pero iguales”. El método histórico-crítico no se queda en el eslogan; examina su aplicación real.
En la práctica, los baños para personas negras eran:
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menos numerosos,
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peor mantenidos,
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a veces inexistentes.
Aquí aparece una función central del baño segregado: no solo separar, sino recordar diariamente la posición social asignada. A diferencia de la escuela o el transporte —que se usan en momentos específicos—, el baño introduce la jerarquía en una necesidad corporal básica, repetida y no negociable.
Mecanismo de coerción cotidiana
El análisis de fuentes municipales y prensa de época muestra que:
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Usar el baño “incorrecto” podía implicar multas, arresto o violencia.
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La señalización (“White / Colored”) era un dispositivo pedagógico permanente.
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El castigo no necesitaba ser constante: bastaba con que fuera posible.
Este es un punto fino del método histórico-crítico: la eficacia del sistema no depende de su aplicación total, sino de su credibilidad coercitiva.
Baños como tecnología de humillación legal
A diferencia de otros espacios segregados, el baño cumple una función simbólica específica: toca la dignidad corporal. No se trata solo de “no mezclar”, sino de producir vergüenza, dependencia y autocontrol.
Muchos testimonios del período muestran que personas negras:
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evitaban beber agua en público para no necesitar un baño,
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planeaban rutas según la disponibilidad de baños “permitidos”,
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interiorizaban límites espaciales invisibles.
El método histórico-crítico aquí conecta ley, cuerpo y psicología social sin recurrir a especulación.
El desmontaje legal (no inmediato)
La segregación de baños comienza a desmontarse jurídicamente con el movimiento por los derechos civiles, especialmente tras la Ley de Derechos Civiles de 1964. Pero el análisis histórico evita una conclusión ingenua: la ley cambia más rápido que las prácticas y las mentalidades.
El baño deja de estar segregado por ley, pero no desaparecen de inmediato:
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la desigualdad de acceso,
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la memoria corporal del control,
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la geografía social heredada.
Lo que este caso demuestra
Aplicando el método histórico-crítico, el caso estadounidense deja una conclusión clara y documentable:
La segregación de los baños fue una política deliberada, diseñada para sostener un orden racial sin necesidad de esclavitud, utilizando la regulación del cuerpo como instrumento de poder cotidiano.
No fue un error cultural. Fue un sistema.


Sudáfrica: el apartheid y la segregación total del espacio público
Si el caso estadounidense muestra cómo la segregación puede normalizarse dentro de un sistema democrático, el caso sudafricano muestra algo distinto y más extremo: la segregación convertida en principio organizador total del Estado. Aquí el método histórico-crítico exige leer leyes, categorías raciales y arquitectura urbana como un solo sistema coherente.
Contexto histórico verificable (1948–1994)
En Sudáfrica, el apartheid se institucionaliza oficialmente en 1948 con la llegada al poder del Partido Nacional. No nace de la nada. Se apoya en prácticas coloniales previas, pero las radicaliza y codifica con una precisión jurídica inédita.
El objetivo declarado era el “desarrollo separado”. El objetivo real, visible en los documentos y en la práctica, era preservar el control político y económico de una minoría blanca mediante la administración total del espacio y del cuerpo.
Figuras, leyes y engranaje legal
El método histórico-crítico se centra aquí en los instrumentos, no en intenciones abstractas. Entre las leyes clave:
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Population Registration Act (1950): clasifica a cada persona en categorías raciales oficiales.
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Group Areas Act (1950): asigna zonas residenciales según raza.
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Reservation of Separate Amenities Act (1953): legaliza la segregación de instalaciones públicas, incluidos los baños.
Esta última es crucial para nuestro tema. A diferencia del modelo estadounidense, no se pretende siquiera la ficción de “igualdad”. La ley establece explícitamente que las instalaciones pueden ser desiguales.
El baño como frontera visible del régimen
En el apartheid, el baño no es solo un espacio funcional; es un marcador visual permanente del orden racial. La señalización (“Whites Only”, “Non-Whites”) no es un detalle: es pedagogía política.
El método histórico-crítico subraya aquí un punto decisivo:
la segregación funciona porque es inmediata, cotidiana y corporal. No hace falta leer la ley; basta con ver el letrero.
A diferencia de otros espacios segregados, el baño obliga a una decisión corporal urgente. El régimen utiliza esa urgencia para producir obediencia sin necesidad de violencia constante.
Coerción, castigo y previsibilidad
El sistema funcionaba porque la coerción era previsible. La persona sabía qué pasaría si cruzaba la frontera. Arrestos, multas y violencia estaban documentados y eran suficientemente frecuentes como para disuadir.
El método histórico-crítico aquí evita el error común de pensar que el poder actúa solo cuando castiga. En realidad, el poder actúa cuando logra que el castigo no sea necesario.
Diferencia clave con Estados Unidos
Comparativamente, el análisis muestra una diferencia estructural:
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En Estados Unidos, la segregación se legitimó mediante jurisprudencia y “costumbre”.
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En Sudáfrica, se impuso como ingeniería social explícita, sin ambigüedad moral ni jurídica.
Ambos sistemas usan el baño como herramienta. Pero el apartheid elimina toda pretensión de neutralidad.
Desmantelamiento legal y persistencia material
El apartheid comienza a desmontarse legalmente a inicios de los años 90 y finaliza formalmente en 1994. Sin embargo, el método histórico-crítico obliga a una observación sobria: desmantelar leyes no desmantela infraestructuras ni memorias corporales.
Los espacios permanecen. Las ciudades siguen marcadas. El cuerpo recuerda.
Lo que este caso demuestra
El caso sudafricano confirma una tesis central del post:
cuando el Estado controla el baño, no está regulando higiene; está produciendo orden político a escala del cuerpo.
Aquí la segregación no fue un exceso ni una desviación. Fue el sistema mismo.




Imperios, colonias y castas: segregación más allá de Occidente
El método histórico-crítico aquí exige ampliar el lente. Si nos quedamos solo en Estados Unidos y Sudáfrica, corremos el riesgo de pensar que la segregación de baños fue una anomalía “anglosajona”. No lo fue. En contextos coloniales, la segregación operó con menos letreros legales visibles, pero con igual o mayor eficacia social.
Contexto imperial: gobernar a distancia, clasificar cuerpos
En el siglo XIX y primeras décadas del XX, los grandes imperios europeos —en especial el Imperio británico— administraban territorios inmensos con poblaciones culturalmente diversas. El problema central no era solo político, sino corporal: cómo mantener distancia simbólica y material entre colonizador y colonizado.
El baño, como en otros contextos, se convirtió en un punto sensible.
India colonial: segregación sin siempre escribirla en la ley
En la India bajo dominio británico, existieron múltiples niveles de separación en estaciones de tren, edificios administrativos, clubes, hospitales y servicios sanitarios. A diferencia del apartheid sudafricano, muchas de estas separaciones no estaban detalladas en una única gran ley, sino dispersas en reglamentos locales, prácticas institucionales y normas sociales impuestas.
El método histórico-crítico subraya aquí una diferencia importante:
la ausencia de una ley explícita no implica ausencia de segregación efectiva.
En estaciones ferroviarias, por ejemplo, era común que:
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europeos tuvieran acceso a instalaciones sanitarias exclusivas,
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la población local fuera dirigida a espacios distintos o de menor calidad,
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el incumplimiento implicara sanciones informales o expulsión.
El sistema de castas y la dimensión social del control
A este entramado colonial se superpone una estructura preexistente: el sistema de castas. El análisis histórico serio no idealiza ni demoniza, sino que distingue niveles de causalidad.
En muchas regiones, ciertos grupos considerados “intocables” tenían prohibido usar:
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pozos comunes,
-
letrinas compartidas,
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instalaciones cercanas a templos o espacios “puros”.
Aquí la segregación no siempre necesita al Estado colonial para operar; funciona por presión comunitaria, violencia simbólica y exclusión cotidiana. El método crítico evita simplificaciones: el colonialismo no crea el sistema de castas, pero lo instrumentaliza y lo rigidiza para fines administrativos.
Actores y mecanismos reales
En este contexto, los actores no son solo legisladores imperiales:
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funcionarios coloniales,
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administradores ferroviarios,
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autoridades locales,
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élites intermedias que aplican y refuerzan la separación.
El baño aparece nuevamente como una frontera corporal donde se decide quién es “apropiado” para compartir intimidad espacial y quién no.
Comparación crítica con Occidente
El análisis comparado muestra algo revelador:
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En Occidente, la segregación se legitima mediante leyes y fallos.
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En contextos coloniales, se legitima mediante costumbre administrada.
El resultado es el mismo: jerarquías inscritas en el cuerpo.
Lo que esta parte demuestra
Desde el método histórico-crítico, este bloque deja una enseñanza clave:
la segregación de los baños no requiere siempre una ideología explícita ni un gran aparato legal; basta con una autoridad que administre el acceso y una narrativa que naturalice la diferencia.
En contextos coloniales, esa narrativa fue la “civilización”, la “higiene” y la “distancia cultural”. El baño fue una de sus herramientas silenciosas.




La narrativa de la “protección”: mujeres, moralidad y control del cuerpo femenino
Aquí el método histórico-crítico exige una lectura especialmente cuidadosa, porque el discurso que legitima la segregación no se presenta como opresivo, sino como benevolente. A diferencia de la segregación racial, que se sostiene en la exclusión explícita, la segregación por sexo se articula mediante el lenguaje de la protección, la decencia y la moral pública.
Contexto histórico preciso (siglo XIX)
Durante el siglo XIX, especialmente en Europa occidental y Estados Unidos, se consolida una ideología conocida por los historiadores como la doctrina de las esferas separadas. El espacio público —trabajo, política, ciudad— es concebido como masculino. El espacio privado —hogar, cuidado, moral— como femenino.
El ingreso de las mujeres al espacio urbano (fábricas, oficinas, estaciones, tiendas) genera una tensión que el Estado y los reformadores sociales buscan resolver sin alterar la jerarquía simbólica existente. El baño aparece entonces como una solución técnica a un problema ideológico.
Actores e ideas dominantes
El método histórico-crítico identifica actores concretos:
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Médicos higienistas, que advertían sobre la “fragilidad” del cuerpo femenino.
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Reformadores urbanos, preocupados por el “orden moral” de la ciudad.
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Legisladores laborales, que promovían leyes “protectoras” para mujeres.
Estos discursos no son marginales. Se publican en revistas médicas, informes municipales y debates parlamentarios. La mujer es presentada como alguien que necesita espacios separados para no corromperse ni ser corrompida.
El baño femenino: inclusión condicionada
La creación de baños públicos exclusivos para mujeres tiene un efecto doble, que el método crítico no puede ignorar:
Por un lado, habilita la presencia femenina en el espacio público. Sin baños separados, muchas mujeres simplemente no podían permanecer largas horas fuera del hogar.
Por otro lado, esa misma separación define los términos de su presencia: la mujer puede estar en la ciudad, pero bajo una arquitectura que refuerza su diferencia y su supuesta vulnerabilidad.
Aquí el método distingue intención declarada y función social real. No se trata de negar que existieran preocupaciones legítimas por la seguridad o la privacidad, sino de mostrar cómo esas preocupaciones se traducen en control del cuerpo femenino y no del masculino.
Discursos médicos y moralización del cuerpo
Las fuentes del período muestran una obsesión con la fisiología femenina: menstruación, nerviosismo, “debilidad”. Estos argumentos se utilizan para justificar espacios separados, horarios diferenciados y restricciones laborales.
El baño se convierte en un punto donde biología, moral y política se entrelazan. No es solo un lugar para necesidades físicas, sino un espacio donde se vigila la respetabilidad.
Diferencia clave con la segregación racial
El método histórico-crítico obliga a marcar una diferencia importante:
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En la segregación racial, el objetivo es excluir y degradar.
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En la segregación por sexo, el objetivo es regular y domesticar.
Ambas usan el mismo instrumento —la separación espacial—, pero con narrativas distintas. Esto explica por qué la segregación por sexo ha sido históricamente más resistente a la crítica, incluso cuando otras formas de segregación ya eran cuestionadas.
Lo que esta parte demuestra
Este bloque muestra que la segregación de baños no siempre se impone por desprecio abierto. A veces se instala mediante un lenguaje cuidadoso, protector y aparentemente racional.
Desde el método histórico-crítico, la conclusión es sobria:
cuando el poder dice “te separo por tu bien”, conviene analizar a quién beneficia realmente esa separación y qué tipo de cuerpo produce.
Patrones históricos comunes: lo que se repite cuando se controla el baño
Llegados a este punto, el método histórico-crítico ya no se aplica a un caso aislado, sino al conjunto. Esta parte no añade ejemplos nuevos; ordena lo ya observado y extrae regularidades verificables. Aquí es donde la historia deja de ser relato y se convierte en herramienta de comprensión.
El análisis comparado —Estados Unidos, Sudáfrica, contextos coloniales, segregación por sexo— permite identificar patrones constantes, independientemente del lugar, la cultura o la justificación moral utilizada.
Primer patrón: la segregación siempre requiere autoridad
En ningún caso histórico relevante la segregación de baños surge solo de “costumbres espontáneas”. Siempre hay una autoridad reconocible que decide, legitima y ejecuta:
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el Estado (leyes, fallos judiciales),
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el imperio (reglamentos coloniales),
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la administración urbana (códigos sanitarios),
-
o una élite social con capacidad coercitiva.
El método histórico-crítico aquí es claro: sin poder institucional, no hay segregación sistemática. Hay prejuicio, pero no sistema.
Segundo patrón: el lenguaje nunca dice la verdad completa
En todos los casos estudiados, la segregación se presenta con un discurso legitimador que no coincide con su función real:
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“Higiene” → control de cuerpos considerados indeseables.
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“Protección” → regulación de movilidad y conducta.
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“Orden” → jerarquización social.
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“Tradición” → congelación de desigualdades.
El análisis crítico no se queda en lo que se dice, sino en lo que se produce. El baño no solo separa; enseña quién pertenece y quién no.
Tercer patrón: el cuerpo como campo de batalla político
La historia muestra una constante incómoda: cuando el poder quiere que una jerarquía sea interiorizada, la inscribe en el cuerpo.
El baño es un espacio privilegiado para eso porque:
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es inevitable,
-
es íntimo,
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es repetitivo,
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y no permite negociación simbólica.
El método histórico-crítico revela aquí una lógica transversal:
la dominación más eficaz no es la que se proclama, sino la que se practica cotidianamente sin discurso grandilocuente.
Cuarto patrón: la segregación no necesita violencia constante
En ninguno de los sistemas analizados la coerción es permanente. Basta con que sea posible y creíble.
La señalización, la costumbre y el miedo al castigo hacen el trabajo. El poder se vuelve eficiente cuando el cuerpo aprende a autocensurarse.
Este patrón se repite con independencia del régimen político.
Quinto patrón: desmantelar la ley no borra el efecto histórico
El método histórico-crítico evita una conclusión ingenua: abolir la segregación legal no elimina automáticamente sus efectos.
Persisten:
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desigualdades de acceso,
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mapas urbanos heredados,
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memorias corporales,
-
hábitos de autocontrol aprendidos.
La historia no desaparece cuando cambia la norma; se sedimenta.
Lo que esta síntesis permite afirmar (y lo que no)
Desde una lectura histórica rigurosa, se puede afirmar con claridad:
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La segregación de baños es una tecnología social moderna, no una constante humana.
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Su función principal ha sido ordenar jerarquías, no resolver problemas técnicos.
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El baño ha sido utilizado repetidamente como herramienta de control político del cuerpo.
Lo que no permite afirmar la historia, con honestidad intelectual, es que toda separación sea automáticamente opresión o que todo debate contemporáneo sea idéntico al pasado. El método histórico-crítico no iguala contextos; los distingue.
Cierre histórico (no militante)
La historia de la segregación de los baños no ofrece consignas simples. Ofrece algo más incómodo: criterios para pensar.
Cada vez que una sociedad discute quién puede usar qué espacios íntimos públicos, la pregunta histórica relevante no es “¿con qué intención se dice?”, sino:
¿qué tipo de orden corporal se está produciendo y quién tiene el poder de definirlo?
Esa es la lección que el pasado deja disponible para quien quiera leerlo con rigor.
Referencias históricas y académicas
(Historia de la segregación de baños, espacio público y control del cuerpo)
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