¿De dónde vienen los hebreos? Evidencia, hipótesis y límites de lo que sabemos
Aug 31, 2022¿Quiénes son realmente los “hebreos”?
Historia, evidencia y precisión conceptual
Antes de hablar del origen de los hebreos, es necesario aclarar de quién estamos hablando. En el lenguaje bíblico y en el académico moderno, los términos hebreos, israelitas y judíos no significan exactamente lo mismo, aunque con frecuencia se superponen. Usarlos como sinónimos automáticos puede generar confusión histórica y conceptual.
En el hebreo bíblico, la palabra utilizada es ivrí (עברי). Su etimología es discutida, pero la hipótesis más aceptada la vincula con la raíz avar, “cruzar” o “pasar al otro lado”, y con éver, “lado” o “margen”. Desde esta perspectiva, hebreo puede entenderse como “el que viene del otro lado”, una descripción que encaja bien con la figura de Abraham, quien llega a Canaán desde otra región. Esta idea aparece incluso en traducciones antiguas, como la Septuaginta, que traduce ivrí como “el que ha cruzado”.
Las fuentes judías tradicionales también han leído este término de manera ideológica: Abraham está “del otro lado” no solo geográficamente, sino también espiritualmente. Mientras el mundo antiguo permanece inmerso en la idolatría, él se posiciona del otro lado con una visión monoteísta radicalmente distinta.
En el Tanaj, ivrí aparece relativamente pocas veces y suele hacerlo en contextos específicos. Es un término que usan con frecuencia los extranjeros —egipcios, filisteos, marineros— para referirse a Israel, y que los propios israelitas emplean cuando se definen frente al “otro”. Por eso, “hebreos” funciona como un término antiguo, asociado a contextos de migración, esclavitud o minoría, y es útil para referirse a Israel en su etapa más temprana, anterior a la monarquía.
El término israelitas, en cambio, remite directamente al pueblo que surge de las tribus de Israel. Israel es primero un nombre personal —Yaakov recibe el nombre Israel— y luego se convierte en el nombre colectivo del pueblo. Históricamente, también designa al reino del norte, en contraste con el reino del sur, Judá. En el lenguaje académico, cuando se habla de los asentamientos en Canaán durante la Edad de Hierro, el término “israelitas” resulta el más adecuado.
El término judíos aparece más tarde. Proviene de Judá, primero una tribu, luego un reino y finalmente una provincia persa llamada Yehud. Tras el exilio babilónico, los habitantes de Judá y sus descendientes comienzan a ser conocidos como yehudim. A partir del período del Segundo Templo, “judío” deja de ser solo un gentilicio geográfico y pasa a expresar una identidad religiosa y étnica. Desde entonces, los conceptos de Am Israel y Am Yehudí se superponen, aunque no son idénticos en su origen.
Esta distinción no es un tecnicismo innecesario. Cuando se pregunta por el “origen de los hebreos”, la pregunta académicamente más precisa es cómo surge históricamente el pueblo de Israel que, con el tiempo, dará lugar al pueblo judío. Esta formulación permite evitar anacronismos, conectar el lenguaje del Tanaj con la evidencia histórica y mostrar rigor metodológico.
La primera evidencia externa e independiente de la existencia de Israel aparece en la llamada Estela de Merneptah, una inscripción egipcia fechada alrededor del año 1208 a.e.c. Atribuida al faraón Merneptah, hijo de Ramsés II, esta estela celebra campañas militares en Canaán y menciona, al final del texto, una lista de pueblos derrotados. Entre ellos aparece, por primera vez en una fuente extrabíblica verificable, el nombre Israel.
Este dato es especialmente significativo porque la estela no es un texto bíblico ni judío; es propaganda oficial egipcia. Además, el determinativo jeroglífico utilizado para Israel indica que no se trata de una ciudad ni de un reino, sino de un pueblo o grupo humano. Para los egipcios, Israel no era una entidad estatal, sino una población identificable.
La estela sitúa a Israel en Canaán hacia finales del siglo XIII a.e.c., antes de la monarquía y en un período que el Tanaj asocia con los Jueces. No describe el origen de Israel ni confirma cada detalle del relato bíblico, pero establece un punto firme: Israel no es una invención tardía, sino una realidad histórica reconocida por potencias vecinas.
Si la estela confirma que Israel existe, la arqueología ayuda a comprender cómo vivía ese Israel temprano. Entre finales del siglo XIII y comienzos del XI a.e.c., los arqueólogos detectan un crecimiento repentino de pequeñas aldeas rurales en la zona montañosa central de Canaán. Donde antes había escasa población, aparecen cientos de nuevos asentamientos en pocas generaciones.
Estos asentamientos presentan rasgos culturales sorprendentemente homogéneos: casas de cuatro habitaciones, una economía agrícola autosuficiente centrada en el almacenamiento y una notable ausencia de consumo de cerdo. Este último dato no demuestra que ya existiera la kashrut en su forma rabínica, pero sí apunta a un marcador cultural distintivo y a normas compartidas.
Tan importante como lo que aparece es lo que no aparece. No hay palacios, templos monumentales, murallas ni objetos de lujo importados. Esto dificulta la idea de un Israel temprano como reino poderoso o élite urbana dominante. La imagen que emerge es la de una sociedad rural, tribal y pre-estatal.
La arqueología tampoco muestra evidencia de una destrucción masiva y simultánea de las ciudades cananeas que confirme una conquista militar uniforme. Algunas ciudades fueron destruidas, pero muchas otras muestran continuidad. Las nuevas aldeas surgen en zonas marginales, no sobre ciudades conquistadas. Todo esto sugiere que el surgimiento de Israel fue, en gran medida, un proceso interno dentro de Canaán.
Uno de los datos más sólidos de la investigación arqueológica moderna es la continuidad cultural entre cananeos e israelitas tempranos. La cerámica, las técnicas agrícolas y la lengua muestran una clara continuidad. El hebreo bíblico pertenece al grupo de las lenguas cananeas del noroeste semítico y su escritura deriva del alfabeto cananeo local, como se observa en inscripciones tempranas como el Calendario de Gezer.
Desde el punto de vista genético, los estudios de ADN antiguo del Levante y de poblaciones judías modernas apuntan a una continuidad poblacional desde la Edad del Bronce, con mezclas históricas normales. No hay evidencia de un reemplazo masivo de población. La genética, sin embargo, no define identidades religiosas ni valida pactos teológicos. El judaísmo nunca se definió por ADN, sino por pacto, Torá y comunidad.
Con todas estas líneas de evidencia —epigráfica, arqueológica, lingüística y genética—, la hipótesis que mejor se sostiene hoy es la de una emergencia compleja de Israel dentro de Canaán. Israel no aparece de la nada ni como invasor extranjero, pero tampoco es una invención tardía. Emerge históricamente a partir de poblaciones locales, grupos marginales y experiencias diversas, articuladas en una identidad religiosa centrada en YHWH.
El Tanaj no pretende ser un manual de arqueología ni una crónica militar moderna. Es una memoria teológica e histórica que organiza el pasado en torno al pacto, la ética y la relación entre Israel y Hashem. Historia y Tanaj no compiten; operan en planos distintos. La historia pregunta qué ocurrió y cómo. El Tanaj pregunta qué significa.
Investigar el origen de los hebreos no debilita la fe; la purifica. El judaísmo nunca temió al estudio, porque sabe que la verdad no se fragmenta cuando se la observa desde distintos ángulos. Comprender de dónde venimos históricamente no reemplaza la Torá; nos permite leerla con mayor profundidad, responsabilidad y honestidad intelectual.
Yudy Lantigua
Referencias
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