Septiembre en el calendario judío: de Elul a Sucot
Sep 01, 2026
Septiembre en el calendario judío: de Elul a Sucot
El 1 de septiembre de 2026 nos encuentra ya dentro de Elul, en ese tramo del calendario judío en el que el tiempo parece adquirir otro ritmo. No estamos todavía en Rosh Hashaná, pero tampoco estamos lejos. Faltan pocos días para que comience 5787 y, desde la tradición sefardí, las Selijot ya forman parte de la rutina espiritual. Elul no es una festividad en el sentido estricto, pero sí es uno de los períodos más importantes del año porque nos prepara para todo lo que viene después: Rosh Hashaná, los Diez Días de Teshuvá, Yom Kipur y, casi inmediatamente, Sucot.
Lo interesante de septiembre es que no reúne celebraciones desconectadas entre sí. Forma un recorrido. El calendario nos lleva de la introspección al juicio, del juicio a la reparación y de la reparación a la alegría. Por eso, más que pensar en una lista de fiestas, prefiero mirar septiembre como un proceso espiritual completo. El judaísmo no nos lleva directamente a un año nuevo cargado de deseos y buenos propósitos; primero nos obliga a detenernos, mirar hacia atrás y reconocer qué parte de nuestra vida necesita ser revisada.
Elul cumple precisamente esa función. La palabra teshuvá suele traducirse como arrepentimiento, aunque su sentido más profundo es retorno. Regresar a una relación más consciente con Hashem, regresar a nuestros valores, regresar a una versión de nosotros mismos que no esté gobernada por hábitos que ya sabemos que debemos corregir. En la tradición sefardí, las Selijot comienzan desde el inicio de Elul y nos acompañan durante semanas con plegarias centradas en misericordia, perdón y reconocimiento. No se trata de producir culpa por producirla. Se trata de abrir espacio para la honestidad.
La tradición también relaciona Elul con las palabras de Shir HaShirim: Aní leDodí veDodí li, “yo soy de mi amado y mi amado es mío”. Las iniciales hebreas forman la palabra Elul. Esa imagen cambia bastante la manera de entender este período. No regresamos únicamente porque tememos el juicio; regresamos porque existe una relación a la cual volver. Eso hace que la teshuvá sea exigente, pero no desesperada. Reconocemos nuestras faltas porque creemos que la reparación todavía es posible.
Rosh Hashaná llegará al anochecer del 11 de septiembre y se celebrará durante los días 12 y 13. En español solemos resumirlo como “Año Nuevo judío”, pero esa expresión se queda corta. Rosh Hashaná marca el comienzo de 5787, sí, pero también es Yom HaDin, el Día del Juicio, y uno de los momentos centrales para reconocer la soberanía de Hashem. La festividad tiene elementos familiares y dulces: la mesa, la miel, las bendiciones para un buen año. Sin embargo, en el centro aparece el shofar, cuyo sonido atraviesa todo lo demás.
El shofar no necesita discurso. Su función es despertar. El Rambam lo interpreta como un llamado dirigido a quienes viven espiritualmente dormidos: examinen sus actos, recuerden a su Creador y hagan teshuvá. Hay algo muy poderoso en esa imagen porque nos obliga a mirar el año nuevo de otra manera. No basta con pedir salud, prosperidad, paz o nuevas oportunidades. También debemos preguntarnos qué estamos dispuestos a cambiar. Resulta fácil pedirle a Hashem un año diferente mientras insistimos en conservar exactamente los mismos patrones del año anterior.
Después de Rosh Hashaná llega Tzom Guedaliá, el 14 de septiembre. Es un ayuno menor y suele recibir menos atención porque aparece rodeado de fechas mucho más conocidas, pero su lugar dentro del calendario es significativo. Guedaliá ben Ajikam fue nombrado gobernador de Judá después de la destrucción del Primer Templo, cuando todavía quedaba una comunidad judía intentando sobrevivir bajo el nuevo orden babilónico. Su asesinato desencadenó nuevas consecuencias y terminó debilitando aún más lo poco que quedaba. El episodio, narrado en II Reyes y en Yirmiyahu, nos recuerda que después de una gran destrucción todavía puede existir algo que preservar y que las decisiones humanas también pueden terminar destruyéndolo.
Esa enseñanza encaja perfectamente después de Rosh Hashaná. Acabamos de hablar de juicio divino y el calendario nos devuelve rápidamente a nuestra propia responsabilidad. No todo puede atribuirse al destino. No toda consecuencia se resuelve diciendo que “Hashem sabe por qué”. Hay decisiones, palabras y actos que producen efectos reales, y la teshuvá requiere reconocer nuestra parte dentro de ellos.
Desde Rosh Hashaná hasta Yom Kipur entramos en los Aseret Yemei Teshuvá, los Diez Días de Teshuvá. Dentro de ese período se encuentra Shabbat Shuvá, llamado así por las palabras del profeta Hoshea: Shuvá Israel, “Regresa, Israel”. Me parece una de las expresiones más precisas de todo este ciclo porque no habla de convertirse en otra persona de la noche a la mañana. Habla de regresar. La teshuvá, vista así, no es una reinvención artificial de la identidad, sino una corrección de dirección.
El Rambam explica que una teshuvá auténtica requiere reconocer la conducta equivocada, abandonarla y asumir seriamente el compromiso de no repetirla. Ese proceso va mucho más allá del sentimiento de culpa. La culpa puede permanecer dentro de una persona durante años sin producir ningún cambio. La teshuvá, en cambio, exige acción. Y cuando nuestra falta afectó a otra persona, el trabajo se vuelve todavía más concreto. La Mishná enseña que Yom Kipur expía las transgresiones entre la persona y Hashem, pero las faltas contra otro ser humano requieren primero buscar reparación con quien fue perjudicado.
Eso significa que hay momentos en los que una oración necesita ir acompañada de una conversación. Hay arrepentimientos que necesitan una disculpa. Hay daños que requieren restitución. La espiritualidad judía no puede utilizarse como refugio para evitar nuestra responsabilidad con los demás. Podemos pasar horas en la sinagoga, ayunar y recitar Vidui, pero si sabemos que dañamos a alguien y nos negamos siquiera a reconocerlo, hemos dejado fuera una parte esencial del proceso.
Yom Kipur comienza al anochecer del 20 de septiembre y se observa durante el día 21. Es probablemente la jornada más solemne del calendario judío. La Torá establece el 10 de Tishrei como día de expiación y de aflicción personal, y cuando el Templo estaba en pie el Kohén Gadol realizaba un servicio especial descrito en Vayikrá 16. Hoy ya no existe ese servicio, pero permanece dentro de la memoria litúrgica de Yom Kipur.
El ayuno de aproximadamente veinticinco horas es una de las características más conocidas del día, aunque reducir Yom Kipur a “el día en que los judíos no comen” sería perder por completo su sentido. El ayuno crea espacio. Nos separa temporalmente de necesidades que normalmente organizan nuestras jornadas y nos obliga a quedarnos frente a lo que venimos evitando. Por eso el Vidui ocupa un lugar tan importante. Confesamos en plural: Ashamnu, “hemos sido culpables”. La formulación nos recuerda que somos individuos, pero también parte de una comunidad y de una historia compartida.
Cuando llega Neilá, al final del día, la intensidad cambia. El cansancio físico ya es evidente y la jornada comienza a cerrarse. Después suena el shofar y termina Yom Kipur. Lo interesante es que el calendario no nos deja instalarnos demasiado tiempo en la solemnidad. Cuatro días después comienza Sucot.
Ese cambio de tono es uno de los aspectos que más me gusta del ciclo de Tishrei. Venimos de semanas de Selijot, juicio, reparación, ayuno y confesión, y de repente la Torá nos ordena alegrarnos. Sucot comienza al anochecer del 25 de septiembre. En la diáspora, los primeros dos días de Yom Tov serán el 26 y 27, y después entraremos en Jol HaMoed durante los últimos días del mes.
Sucot nos saca literalmente de nuestra casa. Durante siete días habitamos en una sucá, una estructura temporal cuyo techo de sejaj nos recuerda la fragilidad de aquello que normalmente consideramos estable. La Torá vincula esta mitzvá con la salida de Egipto, pero la experiencia tiene una vigencia extraordinaria. Pasamos gran parte del año construyendo seguridad: vivienda, trabajo, ahorro, planes, rutinas. Debemos hacerlo. El judaísmo no predica irresponsabilidad. Pero Sucot nos recuerda que ninguna de esas estructuras puede ofrecernos control absoluto.
Por eso la festividad no está marcada por el miedo, sino por la alegría. Sucot es Zman Simjatenu, el tiempo de nuestra alegría. Esa combinación es profundamente judía: reconocer la fragilidad sin convertirla en desesperación. La emuná no significa creer que nunca ocurrirá nada difícil. Significa aceptar que nuestra relación con Hashem no depende de que la vida se comporte exactamente como habíamos planificado.
Durante Sucot también tomamos las Arba Minim, las cuatro especies: lulav, etrog, hadasim y aravot. La tradición rabínica ha desarrollado diferentes interpretaciones simbólicas sobre ellas, pero una de las ideas más conocidas es que representan distintos tipos de personas dentro del pueblo de Israel. Lo importante es que se toman juntas. Después de semanas de introspección individual, Sucot vuelve a llevarnos hacia la comunidad. La teshuvá puede comenzar dentro de nosotros, pero su resultado tiene que verse también en la forma en que convivimos con los demás.
Septiembre terminará cuando todavía estemos celebrando Sucot. El ciclo continuará durante los primeros días de octubre con Hoshana Rabbá, Sheminí Atzéret y Simjat Torá. En ese último momento terminaremos Devarim y volveremos inmediatamente a Bereshit. Terminamos la Torá y comenzamos de nuevo.
Ese gesto resume de manera extraordinaria todo lo que septiembre intenta enseñarnos. El judaísmo no entiende la renovación como borrar lo vivido. Entramos al nuevo año cargando nuestra historia, nuestras decisiones acertadas, nuestros errores, nuestras pérdidas, lo que pudimos reparar y aquello que todavía tendremos que seguir trabajando. La teshuvá no elimina el pasado; nos permite relacionarnos con él de otra manera.
Por eso, al comenzar septiembre de 2026, quizás la pregunta más útil no sea qué queremos recibir durante 5787. Antes podríamos preguntarnos qué estamos dispuestos a dejar de repetir. Qué relación necesita reparación. A quién debemos pedir perdón. Qué parte de nuestra relación con Hashem hemos descuidado. Qué hábitos ya conocemos demasiado bien como para seguir fingiendo que no sabemos hacia dónde nos llevan.
Todavía estamos en Elul. Todavía hay tiempo para mirar. Después llegará el shofar, el ayuno, la sucá y finalmente un nuevo comienzo. No porque el año anterior haya desaparecido, sino porque siempre existe la posibilidad de regresar con mayor conciencia.
Shaná tová umetuká.
Que 5787 sea un año bueno y dulce.
Yehudit
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