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Taiwán: cómo una guerra civil de 1949 sigue condicionando el equilibrio mundial

Jun 01, 2026

Taiwán: cómo una guerra civil de 1949 sigue condicionando el equilibrio mundial

En mayo de 2026, mientras Donald Trump y Xi Jinping se reunían en Beijing para hablar de comercio, minerales estratégicos, Irán y una relación bilateral cada vez más difícil de administrar, hubo un asunto que volvió a aparecer inevitablemente: Taiwán.

Xi advirtió durante las conversaciones que una mala gestión de la cuestión taiwanesa podía llevar a una confrontación. Trump respondió después que no había asumido ningún compromiso sobre la independencia de la isla, mientras el secretario de Estado Marco Rubio insistía en que la política estadounidense no había cambiado. La reunión terminó sin resolver el problema, algo que en realidad no debería sorprendernos. Taiwán lleva más de siete décadas sobreviviendo precisamente dentro de una situación que ninguna de las partes ha conseguido resolver por completo.

Para entender por qué una isla de aproximadamente 36,000 kilómetros cuadrados puede convertirse en uno de los puntos más delicados de la relación entre las dos mayores potencias económicas del mundo, hay que regresar bastante más atrás de 1949.

Taiwán tiene una historia propia que suele desaparecer cuando todo el debate comienza con Mao Zedong y Chiang Kai-shek. La isla estaba habitada por pueblos austronesios muchos siglos antes de que las grandes potencias que hoy la disputan existieran en su forma moderna. Hubo presencia neerlandesa y española durante el siglo XVII, migraciones desde el continente y, finalmente, control de la dinastía Qing desde 1683.

En 1895 ocurrió uno de los cambios decisivos. China perdió la Primera Guerra Sino-Japonesa y, mediante el Tratado de Shimonoseki, la dinastía Qing cedió Taiwán a Japón. La isla permaneció bajo dominio japonés durante cincuenta años. Solo después de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, en 1945, la República de China dirigida por el Kuomintang asumió su administración.

Ese período japonés importa. Significa que la población de Taiwán había pasado medio siglo bajo una administración distinta cuando el Kuomintang llegó a gobernarla después de la guerra. También explica parte de las tensiones que aparecieron rápidamente entre las autoridades llegadas desde el continente y sectores de la población local.

En febrero de 1947 estalló una rebelión contra el gobierno del Kuomintang. La represión del llamado Incidente del 28 de Febrero dejó miles de muertos y se convirtió en una herida profunda de la historia política taiwanesa. Dos años después llegaría otra transformación todavía mayor.

La guerra civil que llegó hasta el estrecho

La guerra civil china enfrentaba al Partido Comunista encabezado por Mao Zedong y al gobierno nacionalista del Kuomintang dirigido por Chiang Kai-shek. Había comenzado mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, fue alterada por la invasión japonesa y regresó con toda su fuerza después de 1945.

En 1949 los comunistas derrotaron a las fuerzas nacionalistas en el continente. Mao proclamó la República Popular China el 1 de octubre desde Beijing. Chiang Kai-shek y el gobierno de la República de China se retiraron a Taiwán. Se calcula que entre 1.5 y 2 millones de personas llegaron a la isla junto con aquella retirada.

Este momento es esencial porque durante años la disputa no se presentó internacionalmente como la existencia de “China y Taiwán”, tal como solemos hablar hoy.

Había dos gobiernos que reclamaban representar a China.

En Beijing se encontraba la nueva República Popular China, controlada por el Partido Comunista. En Taipei continuaba funcionando la República de China, el mismo Estado que había gobernado el continente antes de su derrota.

Chiang Kai-shek no llegó inicialmente a Taiwán anunciando la creación de un nuevo país taiwanés. Su gobierno continuó afirmando que representaba legítimamente a China y mantuvo durante años la expectativa de recuperar el continente.

Beijing sostenía lo contrario: la República Popular había reemplazado a la República de China y, desde su perspectiva, Taiwán formaba parte del territorio chino que todavía quedaba fuera del control del nuevo gobierno comunista. Esa continúa siendo, en esencia, la posición oficial de la República Popular China.

La guerra civil, sin embargo, nunca terminó mediante un tratado de paz que resolviera definitivamente la relación entre ambos gobiernos.

El estrecho de Taiwán se convirtió en la separación física de un conflicto político que había comenzado en el continente.

La Guerra Fría hizo el resto.

Estados Unidos veía inicialmente el desenlace de la guerra civil china como un hecho consumado, pero la Guerra de Corea alteró rápidamente los cálculos de Washington. Taiwán pasó a ocupar una posición estratégica dentro de la política estadounidense de contención del comunismo en Asia.

Durante las décadas siguientes hubo crisis militares en el estrecho, bombardeos sobre islas controladas por Taipei y una relación de seguridad cada vez más profunda entre Estados Unidos y el gobierno de Chiang Kai-shek.

Mientras tanto, ocurría algo que hoy puede resultar extraño para quien conozca únicamente el mapa diplomático contemporáneo: era el gobierno instalado en Taipei, y no el de Mao en Beijing, el que ocupaba el asiento de China en Naciones Unidas.

Eso cambiaría en 1971.

Cuando Beijing ocupó el asiento de China

El 25 de octubre de 1971 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Resolución 2758.

El documento restauró los derechos de la República Popular China dentro de la organización, reconoció a sus representantes como los únicos representantes legítimos de China ante Naciones Unidas y expulsó a los representantes de Chiang Kai-shek. La resolución fue aprobada por 76 votos a favor, 35 en contra y 17 abstenciones.

Esta resolución aparece constantemente en las discusiones actuales sobre Taiwán y merece ser leída con cuidado.

Su texto determina quién representa a China dentro de Naciones Unidas. Beijing sostiene que también confirma que Taiwán forma parte de China y que la cuestión quedó jurídicamente resuelta. Taipei y varios gobiernos occidentales rechazan esa interpretación amplia y señalan que la resolución no contiene una determinación explícita sobre la soberanía de Taiwán.

Son dos cosas diferentes: lo que dice literalmente el documento y la interpretación política que cada parte construye a partir de él.

La Resolución 2758 sí produjo una consecuencia indiscutible. Desde 1971, la República Popular China ocupa el asiento de China en Naciones Unidas, incluido el puesto permanente en el Consejo de Seguridad. Taiwán quedó fuera de la organización.

Pero mientras Taipei perdía espacio diplomático, Washington estaba realizando otro movimiento que transformaría todo el equilibrio asiático.

Richard Nixon llegó a Beijing en febrero de 1972.

La imagen de un presidente estadounidense estrechando la mano de dirigentes comunistas chinos tenía detrás un cálculo geopolítico muy concreto. Estados Unidos estaba aprovechando la ruptura entre China y la Unión Soviética para modificar el balance de poder de la Guerra Fría.

Taiwán era uno de los principales obstáculos para ese acercamiento.

El Comunicado de Shanghái de 1972 dejó una fórmula diplomática que continúa teniendo consecuencias medio siglo después. China afirmó que existía una sola China y que Taiwán formaba parte de ella. Estados Unidos declaró que reconocía —en el sentido de tomar nota o acknowledge— que los chinos a ambos lados del estrecho sostenían que existía una sola China y que Taiwán era parte de ella. Washington también expresó su interés en una solución pacífica.

Esa elección de palabras nunca fue accidental.

Estados Unidos no estaba reconociendo en esa frase la soberanía de Beijing sobre Taiwán en los mismos términos utilizados por la República Popular. Estaba dejando espacio suficiente para acercarse diplomáticamente a China sin resolver definitivamente la cuestión taiwanesa.

Durante varios años, Washington intentó vivir con esa ambigüedad.

En 1979 llegó el cambio definitivo.

El gobierno de Jimmy Carter estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China el 1 de enero y reconoció al gobierno de Beijing como el único gobierno legal de China. Al mismo tiempo, el comunicado de normalización dejó establecido que los estadounidenses continuarían manteniendo relaciones culturales, comerciales y de otro tipo con el pueblo de Taiwán.

Estados Unidos retiró su reconocimiento diplomático a la República de China, pero la relación con Taiwán no desapareció.

El Congreso aprobó ese mismo año el Taiwan Relations Act, que creó el marco legal de la relación no oficial. Desde entonces Washington mantiene vínculos con Taipei a través del American Institute in Taiwan y continúa proporcionando medios para que la isla pueda mantener una capacidad de autodefensa.

Esta arquitectura es extraña, pero lleva funcionando más de cuatro décadas.

Washington reconoce diplomáticamente a Beijing. No mantiene relaciones diplomáticas formales con Taipei. Al mismo tiempo, posee con Taiwán una relación económica, tecnológica, política y de seguridad considerable.

Y esto nos lleva a una de las mayores fuentes de confusión del debate.

La política de “una sola China” de Estados Unidos no es exactamente lo mismo que el principio de “una sola China” de Beijing.

La propia diplomacia estadounidense ha señalado expresamente que ambos conceptos son distintos. La política estadounidense se apoya en el Taiwan Relations Act, los tres comunicados conjuntos con China y las llamadas Six Assurances. Washington ha sostenido durante años que no apoya la independencia de Taiwán, que se opone a cambios unilaterales del statu quo y que espera una resolución pacífica de las diferencias a través del estrecho.

Beijing formula su posición de manera diferente. Para la República Popular existe una sola China, Taiwán forma parte de ella y el gobierno de Beijing representa a China.

Parece una discusión semántica hasta que se comprende que sobre esas palabras descansa buena parte del equilibrio diplomático del estrecho.

Taiwán también cambió

Hay otro problema con mirar la situación actual únicamente desde 1949: Taiwán ya no es políticamente el territorio que Chiang Kai-shek llevó consigo después de perder el continente.

El Kuomintang gobernó la isla durante décadas bajo un sistema autoritario. La ley marcial permaneció vigente desde mayo de 1949 hasta julio de 1987. Durante ese período hubo censura, restricciones políticas y persecución de opositores.

El levantamiento de la ley marcial abrió una transformación progresiva. Se legalizaron partidos, aumentó la competencia electoral y Taiwán desarrolló las instituciones democráticas que conocemos actualmente. En 2000 se produjo por primera vez una transferencia de la presidencia a un partido distinto del Kuomintang.

Esta evolución importa porque cambió también la forma en que una parte importante de la sociedad taiwanesa se percibe a sí misma.

El problema original de 1949 enfrentaba a dos gobiernos chinos rivales. Más de setenta años después, Taiwán tiene instituciones propias, elecciones competitivas, fuerzas armadas, moneda, sistema judicial, pasaporte y una administración que ejerce autoridad efectiva sobre la isla y otros territorios bajo su control.

Beijing nunca ha gobernado Taiwán desde la fundación de la República Popular China en 1949. Aun así, reclama soberanía sobre la isla y mantiene la reunificación como objetivo nacional.

Taipei, por su parte, continúa utilizando formalmente el nombre República de China. Su situación internacional permanece deliberadamente compleja: funciona con amplios atributos de autogobierno mientras la mayoría de los Estados del mundo mantienen relaciones diplomáticas con Beijing y no con Taipei.

Esa ambigüedad ha permitido la convivencia de realidades que, sobre el papel, parecen incompatibles.

También explica por qué cualquier intento de modificar bruscamente el lenguaje provoca una reacción inmediata.

China aprobó en 2005 una Ley Antisecesión que contempla el uso de “medios no pacíficos” bajo determinadas circunstancias si considera agotadas las posibilidades de reunificación pacífica. Estados Unidos, mientras tanto, continúa vendiendo armas a Taiwán y sostiene que cualquier intento de determinar el futuro de la isla mediante medios distintos de los pacíficos constituye un asunto de grave preocupación.

Ninguna de esas políticas equivale automáticamente a que una guerra vaya a ocurrir.

Lo que producen es disuasión.

Beijing debe calcular cuál sería el costo militar, económico y diplomático de intentar controlar la isla mediante la fuerza. Taipei debe calcular las consecuencias de cualquier decisión que Beijing interprete como un cambio irreversible del statu quo. Washington mantiene suficiente incertidumbre sobre su eventual respuesta militar como para que ninguna de las otras partes pueda planificar con absoluta seguridad.

Durante décadas, esa falta de certeza ha sido parte del equilibrio.

Por qué Taiwán importa tanto ahora

La geografía ayuda a comprender por qué este conflicto tiene consecuencias que superan ampliamente la historia de la guerra civil china.

Taiwán se encuentra frente a la costa continental china, entre Japón y Filipinas, dentro de una zona marítima fundamental para las rutas comerciales y para la estrategia militar en el Pacífico occidental.

Para China, la isla está vinculada con soberanía, nacionalismo, seguridad y acceso al Pacífico. Para Estados Unidos, cualquier alteración del equilibrio afecta su red de alianzas en Asia y la credibilidad de su presencia regional.

Japón observa el estrecho desde muy cerca. Filipinas también tendría que enfrentar las consecuencias de cualquier conflicto importante en la zona.

A esta geografía se añade la tecnología.

Taiwán se convirtió en una pieza central de la industria mundial de semiconductores. Sus empresas participan en la fabricación de algunos de los chips más avanzados utilizados en telecomunicaciones, centros de datos, inteligencia artificial, vehículos y sistemas militares.

Eso no significa que la disputa exista “por los chips”. Sería una explicación demasiado sencilla para un conflicto que comenzó décadas antes de que existiera la industria moderna de semiconductores.

Lo que sí significa es que una interrupción grave alrededor de Taiwán tendría consecuencias económicas mucho más amplias que las que habría tenido durante las primeras crisis del estrecho en la década de 1950.

Esta combinación de historia, geografía, tecnología y competencia entre grandes potencias explica por qué cada ejercicio militar, cada venta de armamento y cada frase pronunciada en Washington, Beijing o Taipei recibe tanta atención.

Y en mayo de 2026 quedó nuevamente demostrado.

Antes de la reunión entre Trump y Xi, funcionarios taiwaneses observaban con inquietud si Beijing intentaría conseguir algún cambio en la posición estadounidense. Reuters informó que China tenía especial interés en el lenguaje utilizado por Washington respecto a la independencia de Taiwán.

La diferencia puede parecer mínima.

Estados Unidos lleva años diciendo que “no apoya” la independencia taiwanesa. Beijing preferiría una declaración estadounidense de oposición explícita.

Diplomáticamente no son equivalentes.

“No apoyar” permite a Washington mantener distancia de una declaración formal de independencia sin adoptar plenamente la posición de Beijing. “Oponerse” supondría una formulación más cercana a lo que China lleva años reclamando.

La reunión del 14 y 15 de mayo no produjo ese cambio. Trump dijo después que Xi había expresado su oposición a la independencia de Taiwán y que él lo había escuchado sin asumir un compromiso. Rubio afirmó que la política estadounidense seguía siendo la misma.

Mientras eso ocurría, seguía pendiente otra cuestión: una posible venta estadounidense de armas a Taiwán valorada en miles de millones de dólares. Días después de la cumbre, Reuters informó que esa discusión estaba afectando incluso la posibilidad de nuevos contactos de defensa entre Washington y Beijing.

No estamos, por tanto, ante una discusión histórica encerrada en 1949.

La guerra civil terminó en el continente, pero dejó una estructura política que nunca encontró una solución aceptada por Beijing, Taipei y Washington al mismo tiempo.

Esa es probablemente la mejor manera de entender Taiwán en 2026.

Beijing considera la reunificación parte de un asunto nacional pendiente.

Taiwán lleva décadas gobernándose separado de la República Popular y desarrolló un sistema político muy distinto al existente en el continente.

Estados Unidos reconoce diplomáticamente a Beijing mientras mantiene una relación profunda y no oficial con Taipei.

Durante mucho tiempo esas contradicciones han convivido porque cada actor ha aceptado menos de lo que considera ideal con tal de evitar un resultado peor.

Ahí está la fragilidad del equilibrio.

También está su sorprendente resistencia.

Desde las crisis militares de la década de 1950 hasta las tensiones actuales han existido numerosos momentos en los que el conflicto parecía acercarse peligrosamente. Aun así, el estrecho ha evitado una guerra abierta entre las grandes potencias.

No sabemos cuánto tiempo puede mantenerse ese equilibrio. Tampoco sería responsable presentar una confrontación como inevitable.

Lo que sí podemos afirmar, mirando la historia, es que Taiwán concentra varias disputas que el siglo XX dejó sin resolver y que ahora están siendo administradas dentro de la competencia estratégica del siglo XXI.

En 1949, el problema era quién gobernaría China.

En 1971, quién representaría a China ante Naciones Unidas.

En 1979, cómo podía Washington reconocer a Beijing sin romper completamente su relación con Taipei.

En 2026, la cuestión es todavía más compleja porque la isla que quedó al otro lado del estrecho se transformó, China se convirtió en una potencia mundial y Estados Unidos observa cómo el centro de gravedad económico y militar del planeta se desplaza hacia el Indo-Pacífico.

Por eso Taiwán continúa apareciendo cada vez que Washington y Beijing se sientan a hablar de su futuro.

La guerra civil que llevó a Chiang Kai-shek hasta la isla pertenece al siglo pasado.

El problema político que dejó detrás sigue completamente abierto.

Yehudit
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